Reseñas, entrevistas…

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Reseñas, entrevistas…2017-07-11T18:54:51+00:00
Julia Sáez-Angulo (blog La mirada actual, 21-12-2015)2018-05-22T14:43:09+00:00

“José Luis Martínez, autor del poemario El tiempo de la vida, publicado por Pre-Textos”

Bel Carrasco (El Mundo. Artes y Letras Comunidad Valenciana, 27-1-2014, p. 11)2017-07-11T18:55:05+00:00

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El poeta que regresó de la muerte

Aparece una antología de J. L. Martínez
que permaneció 20 días en coma

Un poeta que ha asumido casi todos los riesgos y que ha conseguido salir con bien de todas sus apuestas. Así define el también poeta Vicente Gallego a José Luis Martínez en el prólogo de la antología publicada por la editorial Renacimiento, Camino de ningún final, que incluye cinco poemarios aparecidos entre 1980 y 2006.

       «Tener en las manos esta antología me produce una honda satisfacción», dice Martínez, que ha logrado recuperarse de un grave problema de salud. «Después de la hemorragia cerebral, del violento movimiento de descerebración, de las neuronas perdidas y de la hemiplejia derecha tan severa llegó esta antología. Después de las muestras de afecto de los amigos y del amor de mi familia este regalo multicolor me pone meditabundo».

‘No vi una luz’

       Durante 20 días Martínez permaneció en coma y regresó de esa frontera entre la vida y la muerte para seguir cultivando el verso, lo que más ama. «No, no vi ninguna luz en parte alguna, quisiera creer que experimenté que ‘la quintaesencia de la poesía consiste en viajar siempre con velocidad angélica al pasado y al futuro’, como escribe Robert Graves. Me siento en paz, ya no quiero ni debo demostrar nada. En ese gozoso ínterin me hallo».

       Mientras lucha con las secuelas de la enfermedad, Martínez sigue reorientándose, «trato de retomar el rumbo perdido a causa de la enfermedad». En la I Bienal de Valencia de 2001, publicaron una poética Líneas de fuga. Poéticas de la perplejidad, donde define la poética que practica. «¿Qué se le debe pedir a la poesía, esa indisciplinada disciplina que atraviesa transversalmente todas las materias existentes o concebibles?», apunta. «A la poesía, expresión de la esencia de cuanto pueda derivarse de la experiencia, debemos pedirle que sea útil, provechosa en el sentido expresado en este enunciado de Peter Handke: ‘la literatura me pone las gafas de la vida’.»

Frutos

       Para el filósofo Eugenio Trías, ‘la paradoja de la inteligencia y sus frutos radica en que si sólo se ejerce sin horizonte pragmático, acaba produciendo frutos que a la larga tienen uso social y capacidad de transformar el mundo’. Martínez procura seguir el rastro de los nuevos poetas, «que son legión, lo que da cuenta de lo mucho que los necesitamos. Los sigo con mucha curiosidad, me hacen generosas transfusiones de juventud».

       Al mismo tiempo continúa alimentándose de combustible cultural a la espera de que estalle la mecha de la creación. «La vida y la cultura nos proveen de todo lo necesario: biografías, filósofos, científicos, aventureros, ensayistas, narradores… Sólo falta una mecha que prenda la llama de la creatividad», señala.

Juan Marqués (ABC Comunidad Valenciana, 25-1-2014, p. 90)2017-07-11T18:55:05+00:00

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Antologías. Justicia poética

La editorial Renacimiento recopila los mejores versos del valenciano
José Luis Martínez y el vitoriano residente en Santa Pola José Luis Carreras

Mientras en la televisión de esta cafetería de Atocha los agraciados por la lotería de Navidad brincan, descorchan botellas y brindan, yo, aparte de pensar un año más en lo desagradable que resulta esa celebración del dinero, por otro lado legítima y comprensible (y en algunos casos conmovedora, justa, reparadora), leo a dos estupendos poetas que exhiben sentimientos también universales pero muchos más limpios y mucho menos obvios.

       Los dos han sido publicados en esa simpatiquísima colección de antologías de la editorial Renacimiento que ya es conocida por todos como “la de rayas”, y que a su modo está construyendo poco a poco otro canon de la poesía en español, casi un «anticanon» o, mejor, algo que va demostrando lo bobos o insuficientes que al fin y al cabo son todos los cánones y rankings. Yo mismo, que me creía enterado de estas cosas, no había leído nunca a ninguno de los dos, pero me alegra haberlos podido descubrir directamente así, ya un poco consagrados, mucho mejor difundidos, perfectamente comentados por sus dos prologuistas. Es otra forma de reparación y de justicia, también feliz pero mucho más discreta y silenciosa, completamente ajena a premios gordos.

Lo sublime y lo individual

       Quienes nos pasamos la vida escarbando en la belleza para poder sobrevivir estamos de enhorabuena con la aparición de Señor de los balcones, de José Luis Carreras, y Camino de ningún final, de José Luis Martínez. Vidal Carreras es un vitoriano de 1954 que vive en Santa Pola y desde hace más de veinte años imparte clases de griego en el I.E.S. Miguel Hernández de Alicante. «En el fondo del cielo/ estoy de pie», afirma en uno de sus mejores poemas («Desde mi corazón»: p. 84), y esos dos versos pueden servir de diapasón para abordar su obra: metafísica y autoafirmación, lo sublime y lo individual, lo más remoto y lo más inmediato, sin que lo lejano sea en absoluto más extraño o menos familiar que lo íntimo, pues el poeta no se observa a sí mismo ni a sí mismo ni a su biografía superficial sino que da vueltas al hecho de estar existiendo en un espacio infinito, a la conciencia de ello.

       Un glorioso ejemplo de ello está en la preciosa perfección del poema «Polvo»: «Te salvarás, porque abrigaste/ aquellas hojas en el suelo/ con tu mirar más puro/ y compartiste su temblor/ de polvo que llamaste hijo/ y que, mira, ya corre/ y salta junto a ti» (p. 128).

Entusiasta de la vida

       José Luis Martínez, por su parte, es un valenciano de 1959 que ha publicado hasta la fecha cinco libros de poemas, primero con una actitud libérrima que en ningún modo olvidaba la obligación de decir algo útil, algo valioso, algo compartible, y después con una hondura acaso resignada o, mejor, conforme, que consigue resultados magníficos.

       Así, si en sus tres primeros libros se vale de un estilo juguetón y a veces insolente y deslenguado que puede llegar a entrar de lleno en el terreno de la greguería («Las ojeras son/ los paréntesis.// Y las comas son las heces/ de las palabras» (p. 66), en los dos últimos , El tiempo de la vida (2000) y Florecimiento del daño (2007), aparte de ingresar con rotundo éxito en el métrico club de las «sílabas cuntadas», es la profunda serenidad meditativa la que gana la partida, y de hecho leemos una ilustrativa «Refutación del ingenio» en la que viene a arrepentirse un poco del exceso de elementos lúdicos en su pasado («jugué con las palabras todo el tiempo»…: p. 99), disculpa demasiado autocrítica en alguien que, insisto, siempre se lo tomó muy en serio. «No se aprende nada en este mundo si uno no lo consigue por medio del apasionamiento más abrasador», explica muy bien en su prólogo Vicente Gallego (pp. 15-16), quien al hablar de las poesía más reciente de Martínez afirma con exactitud que «hay en sus versos una visión siempre entusiasta de la vida: intensidad en el dolor y en la alegría, como si no existiera la tibieza, como si sólo hubiéramos venido para arder, para brillar un instante entre el polvo y la ceniza» (p. 20).

José Luis Morante (blog “Puentes de papel”, 21-1-2014)2017-07-11T18:55:05+00:00

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José Luis Martínez: antología poética
La poesía de José Luis Martínez

La recopilación Camino de ningún final lleva un cordialísimo prólogo del poeta Vicente Gallego. El texto introductorio, aunque no sortea el análisis textual ni los comentarios sobre el material poético, evoca un recorrido de afectos e ilusiones; también comenta las duras circunstancias biográficas de José Luis Martínez (Valencia, 1959), claros condicionantes del silencio tenaz de estos últimos años.

       La labor literaria del poeta valenciano arranca en 1986, cuando se edita su entrega auroral Culture Club. El aserto está lleno de connotaciones musicales de los años ochenta; es la época en la que la banda británica Culture Club imponía en los escenarios sonoros de media Europa su estética glam y trasgresora. El poemario era un aviso para navegantes, aunque en Camino de ningún final aquella denominación muda su título por el de una sección de aquel libro: El concepto de autor. En los poemas, escritos entre 1980 y 1986, predomina una escritura incisiva e irónica que, tras un aparente confesionalismo, recurre al ludismo en la recreación de un balance vivencial, despojado de trascendencia. Habitamos una realidad anodina, alzada con materiales humildes.

       El segundo libro, al préstamo de Cortázar añade el nombre de la amada. En Pameos y meopas de Rosa Silla hay un hilo argumental compartido: el sustrato amoroso. El tejido sentimental convierte a quien se ama en destinatario único de la voz. Las palabras conforman un largo soliloquio fragmentado en el que predomina, como sucediera en la primera entrega, la expresión prosaica y el coloquialismo exento de sensiblería; el amor pone los pies sobre el suelo y se rebaja a un murmullo mental desnudo que busca un refugio contra el tiempo.

       Tras casi una década de silencio aparece Abandonadas ocupaciones, tercera salida de José Luis Martínez. Reanuda tarea con un verso más reflexivo y con una mayor amplitud temática. Abundan las fotografías del entorno, de esos elementos delimitados que el discurrir diario deja ante la lucidez de nuestra retina, ya sea un viaje -Estambul-, un perro, un cuarto de baño, o una digresión sobre el propio quehacer escritural, escurridizo y desvaído, con tendencia a ser olvido y ceniza.

       El último tramo poético, el que representan los libros El tiempo de la vida y Florecimiento del daño es el mejor representado en la antología. Es lógico; la escritura se va ajustando al devenir vital y se hace su reflejo; es más fácil el propio reconocimiento en el presente. El tiempo de la vida es un cuaderno de campo sobre lo perdido; en sus poemas habita la elegía, esa voz que recuerda las cosas diluidas en la memoria, que deja en la conciencia la sensación de una vida breve y transitoria. La última salida, Florecimiento del daño, adquiere un tono reflexivo e intimista; sondea la identidad del sujeto a través de la azarosa aportación de esas presencias que nos salen al paso y son capaces de ahuyentar el letargo y ese estado de apatía que se deriva de lo rutinario.

       La poesía de José Luis Martínez se viste en ocasiones con la humilde apariencia de la prosa, deja en el cenicero el humo de las metáforas para definirse como una anotación vivencial, sin afirmaciones trascendentes, sin la egolatría del que se empeña en dibujarse nítido y solemne en las palabras. Versos sobrios para esa línea gris que marca senda hacia ningún final, que buscan la verdad en el fondo de un vaso de cristal.

Andrés Glez. Déniz “El poeta que escribía porque amaba lo que leía”, 3-1-2014)2017-07-11T18:55:05+00:00

Andrés Glez. Déniz (blog “http://eldesvandelailusion.blogspot.com.es/”: “El poeta que escribía porque amaba lo que leía”, 3-1-2014)

Carlos Alcorta (blog “carlosalcorta.wordpress.com”, 13-1-2014)2017-07-11T18:55:05+00:00

José Luis Martínez. Camino de ningún final

Culture Club, el primer libro publicado por José Luis Martínez  en 1986 (los poemas de este libro seleccionados aquí lo hacen agrupados bajo el título El concepto de autor, que era inicialmente una de sus partes; además ahora incluye tres poemas inéditos, los titulados «Rico postre», «Retrato» e «Historias de amor») revelaba ya un afán de transgresión poética poco habitual en aquellas fechas, influido sin duda por la herencia de las vanguardias estéticas de primeros del siglo XX  y estimulado por un firme deseo de transgredir el riguroso formalismo de gran parte de la que entonces, mediados de los años 80, era la poesía más joven, aferrada, en muchos casos, a unos preceptos decimonónicos, así como, y esta era acaso la causa primordial, por la intención de aventurarse en nuevos territorios poéticos, alejados de los habituales. Quizá por esa razón, junto a poemas en los que predomina la ironía —su uso resulta imprescindible para desdramatizar la experiencia, cuando se intenta construir el poema con los materiales que le dieron fundamento —o los juegos de palabras tan queridos por Ángel González y, mucho antes, por Catulo —que no esconden una sátira a la solemnidad con la que algunos poetas se enfrentan al propio poema—, encontramos lo que podríamos considerar poemas visuales de no menor voluntad transgresora, pues uno de ellos reproduce el impreso de una Licencia de Apertura, otro es un collage de noticias entresacadas de El País y un tercero, el dibujo de un rostro más alegórico que preciso que nos recuerda al Joan Brossa de sus comienzos.  Pameos y meopas de Rosa Silla, su segundo libro, publicado en 1989, es, sin embargo, su primer libro escrito, entre mayo de 1984 y junio de 1985. La preeminencia de Julio Cortázar no sólo se manifiesta en el título, sino en las estructura de los poemas que dan cuenta de una historia de amor controvertida, difícil, efímera, una historia contada con ternura, con humor, con algo de irreverencia por parte del personaje que va construyendo su propia vida. De los poemas seleccionados en esta ocasión, el titulado «Escribir sobre Rosa» es uno de los que mejor puede ejemplificarlo: «Toda la vida te voy a escribir,/ en clave de sol, llueva o truene.// Porque se lo merece/ —eso y lo que haga falta—,/ porque es una chavala excelente,/ parca en edad/ y alejada de gustos como el heavy».

       Ochos años transcurren hasta que publica Abandonadas ocupaciones (1997), libro que recoge, sin embargo, poemas escritos entre los años 1986 y 1991. Durante  este periodo  se afianza la vocación del poeta y se percibe un cambio sustancial en el tono y la intención de los poemas, que ahora poseen una  inflexión de carácter más trascendente. Sigue siendo una poesía testimonial, pero la ironía inicial ha dado paso a reflexiones de carácter más explícito sobre la creación, sobre la construcción del poema, sobre la escritura como enfermedad incurable. Sin embargo, un poema inédito, incluido ahora en este libro, trata a nuestro parecer, de resituar su escritura restándole lo que el poeta pudiera ver de gravedad sentenciosa.

                           A FAVOR DEL POEMA DÉBIL

                           A favor del poema débil
                           como canal que no puede con la góndola,
                           del poema desventado,
                           sin chispa de gas,
                                                        nada atlético,
                           carente de fuerza como los tiempos que corren.

       De nuevo la poesía se incardina con la vida. La fragilidad que la sustenta da lugar a unos poemas desencantados en los que el paso del tiempo y el deterioro físico que éste lleva aparejado se presentan al lector como algo irremediable. Desde la renuncia parece construirse la verdadera identidad del poeta, sometido ahora un ejercicio de sinceridad consigo mismo que trasluce una voluntad de resistencia en la que la escritura actúa como cómplice. Las historias que nos narran los poemas, historias que el poeta se cuenta a sí mismo, son un intento de comprensión íntima a través de los objetos —la Olivetti Lettera Pluma 32, por ejemplo— y los acontecimientos, como el poema «Recital que fue una joya». Poemas como «Premura»: «Di lo que tengas que decir, y dilo/ mientras aún dispongas de tiempo.// Mañana podría ser tarde.// Mañana podrías estar muerto.» o «Notas para un epitafio» nos adelantan el camino por el que transcurrirán las inquietudes de su siguiente libro, El tiempo de la vida (2000), que contiene poemas escritos entre los años 1992 y 1998. Como se ve, hay una perfecta sucesión temporal en cada uno de sus libros, lo que ayuda al lector a percibir también la evolución creativa del autor. Los poemas son el escenario donde se verbalizan las incertidumbres, donde el poeta se somete a un examen de conciencia, como en el poema «Misantropía», en el que se advierten ecos de Baudelaire y de Jaime Gil de Biedma. La sátira se dirige contra sí mismo, aunque utiliza el testaferro de la otredad para disimularlo ante el lector. También se incluyen en este libro algunos poemas inéditos, como los titulados «Cuando hablamos de amor» y «De nuevo el primer libro», un alegato a favor de la poesía, no como un divertimento, sino como una parte sustancial de su vida: «Un nuevo libro […]/ será libro si vuelves a apostar/ a todo o nada por la poesía,/ a todo o nada por la vida». El tiempo de la vida es un libro de celebración contenida, a pesar de poemas como «Necesidad de un optimismo ciego», tan fervoroso. «Si acaso, sonreír,/ sonreír siempre, siempre sonreír.// Sonreír hasta que te mueras», que anticipa el que hasta ahora es su último libro, Florecimiento del daño (2007). Vicente Gallego, el autor del emotivo y detallado prólogo, escribe que «José Luis, en estos dos últimos libros suyos, ha devenido más sobrio, más musical —con su música siempre enhebrada con delicadeza en el tono franciscano del discurso—, y también más poderoso en la meditación sobre el sentido de tantas apariencias como la vida nos presenta, no para confundirnos, sino para que nazcan en nosotros las preguntas últimas». La voz que asoma en estos poemas se ha vuelto más lírica, se muestra menos interesada en lo anecdótico y lo narrativo. Ahora hay una celebración de la vida sin máscaras. EL verso se esencializa, se desnuda de lo retórico. Lo cotidiano se trasciende hasta alcanzar categoría de símbolo, lo particular se universaliza, la experiencia individual se torna colectiva, porque los seres humanos están aquejados por idénticas perplejidades y sinsentidos. Florecimiento del daño, escribe Francisco Díaz de Castro, «despliega una prolongada elegía en cuyo interior se afirma, contrastándose, el himno a la materia que da sentido y razón al fervor y a la queja existenciales entre los que se tensa esta poesía». El poema «Ojos de serpiente» (no incluido, sin embargo, en la selección) es paradigmático en este sentido: «Deberías sentirte satisfecho,/ plenamente feliz:/ la vida te sonríe./ Y sin embargo vives sin pasión,/ vives como si el rostro de la vida/ te ocultara su lado amable». Pero, a pesar de este autoreproche, el libro trasmite un amor a la vida incuestionable, comprensiblemente exacerbado en alguien como él, que ha padecido la enfermedad y ha visto tan de cerca el rostro de la muerte, una muerte que no parece temer, porque el regalo de estar vivo, de sentir la vibración del aire en los pulmones o el calor del sol en el rostro, esas pequeñas compensaciones nada ni nadie se lo podrá sustraer.  La vida humana parece ser sólo un escalón más en el diseño del cosmos, por eso la muerte se contempla como un mero ejercicio de relajación que conduce a otras alturas, una práctica con la que «Te dormirás: serás un pez./ Despertarás: serás un pájaro./ Hay un mar esperándote,/ hay un cielo esperándote.// La ocasión de resucitar./ La ocasión de vivir de veras». La antología que ahora la editorial Renacimiento ha publicado en edición de quien mejor conoce al autor, su amigo el poeta Vicente Gallego, brinda al lector la ocasión de adentrase en la trayectoria de un poeta de obra breve y, por mor de la precariedad de la edición de sus primeros libros, casi inencontrable,  que ha ganado con el tiempo intensidad y sabiduría, convirtiendo el dolor de la experiencia en un meditado y lírico canto de esperanza.

J. Ricart (Levante-Posdata, 7-2-2014)2017-07-11T18:55:05+00:00

El don de la sobrietat

Antologia que recopila vint anys de poesia descarada,
també asserenada d´un poeta contracorrent, José Luis Martínez

Després de prologar en aquesta mateixa col.lecció l´obra del mestre César Simón, Vicente Gallego torna a ser l´amfitrió ideal –en qualitat d´amic i també de poeta- de presentar-nos aquesta antologia que recopila vint anys de trajectòria de José Luis Martínez (València, 1959) al voltant d´un centenar de poemes, molts dels quals hui en dia són dicifíls de consultar, i a més a més amb l´atractiu afegit d´incloure mitja dotzena d´inédits.

       Grosso modo podríem dividir la seua producció en dues parts: Una primera més juvenil, més transgressora i genuïna, quasi impossible de falsificar, feta als huitanta i que inclou dos llibres: Culture Club (recollits en aquest volum sota el títol de El concepto de autor) i Pameos y meopas de Rosa Silla (un estrambòtic híbrid cortazarià i el nom propi de la seua estimada) que en la meua modesta opinió són d´una rabiosa modernitat que molts envejarien, malgrat els anys que ens separen. En aquestos primers Martínez adopta una postura desimbolta i descarada: juga amb el lenguatge com matèria primera. Mai no trobarem tantes frases fetes descontextualitzades, molts col.loquials, fins i tot vulgars (deliberadament antipoètics) per centímetre quadrat com en aquestes pàgines.

       Després d´aquest huracá avantguardista, podríem diferenciar una altra etapa creativa coincidint allà en els noranta on la veu amb els anys s´asserena. Així tenim Abandonas ocupaciones, un llibre que suposa un punt d´inflexió a partir del qual l´ingeni i la ingenuïtat anterior dóna pas a una poesia més transcendent al voltant de l´exercici poètic i de les circumstàncies personals. En aquesta línia hauríem podem ubicar els treballs (més àmpliament representats en aquesta tria) com són el seu quart llibre El tiempo de la vida, una elegia de les coses perdudes (la joventut, l´amor, la salut) ja suggerida des del mateix títol, i que recorda una mica el to del millor Biedma. El poeta pren consciència del pas del temps, i en una contínua revisió de la seua obra fa una humil retractació pública de la poesia anterior: Fui ingenioso./ Y permití que entrasen en mis libros/ demasiadas palabras de la calle,/ jugué con las palabras todo el tiempo. I per fi, arribem a Florecimiento del daño, a hores d´ara el seu darrer llibre, on podem constatar certa continuïtat reflexiva i intimista: l´anècdota es difumina fins a perdre´s en benefici d´una tonalitat més lírica capaç d´alcar objectes quotidians a la categoria de símbols. En aquestos versos trobem un poeta que creix amb l´adversitat davant dels problemes i que d´alguna forma ens ensenya amb el seu optimisme a estar agraïts pel simple fet d´estar vius.

       Camino de ningún final recupera una de les veus més sorprenents de la nostra literatura. José Luis Martínez és un poeta contracorrent allunyat dels canons del mercat, que defuig d´etiquetes i modes, i el més important, un poeta que ha trovatla seua pròpia veu amb una bibliografia que es pot contar amb els dits de la mà. La seua poesia breu sap ajustar-se al marc de la pàgina per parlar-nos d´una forma contundent i concisa, cara a cara, sense embussos sobre els temes que de veritat importen: l´amor, la vida, la necessitat d´entendre la seua feina. En definitiva, una poesia dedicada a tots aquells que mai no llegeixen poesia.

Enrique García-Máiquez (blog UNIR CULTURAL, 12-2-2014)2017-07-11T18:55:05+00:00

A favor del nervio en la lírica

En nuestro reciente repaso a las colecciones de poesía, decíamos que nos sirven para guiarnos en las lecturas, cuando nos fiamos de ellas, y que cada una de las buenas tenía un rumbo fijado. La llamada “colección de rayas” de Renacimiento supone un alto en el camino de los poetas contemporáneos, una primera consagración en esas antologías que se suelen aprovechar para recapitular el camino avanzado. En el caso, precisamente, de Camino de ningún final de José Luis Martínez (Valencia, 1959), es a la vez recapitulación y reconocimiento, pues nos encontramos con un poeta que, a pesar de tener un libro publicado en Pre-Textos (El tiempo de la vida, 2000), ha podido ir pasando un poco desapercibido.

       En parte, me temo, por sus méritos. Su poesía es encantadora, revitalizante, impulsiva y aparece desprendida de toda esa capa de plomo dorado que a veces se echa encima el poeta para impresionar al crítico y al antólogo. El lector, sin embargo, agradece la ligereza, la falta de fatuas pretensiones y el pálpito a flor de piel. Hay en todo momento un evidente amor a la poesía y muchos de los poemas metapoéticos de esta antología son declaraciones pasionales más que textos de indagación filológica. En el prólogo de Vicente Gallego, muy personal e íntimo y a la vez muy literario e informativo, se nos cuenta, para describir al autor: “Descubría José Luis a Yeats, y era como si le hubiese tocado la lotería”. Efectivamente, hay mucha celebración así en estos versos. Yo, a medida que los iba leyendo, escuchaba, como el estribillo de la canción que esta poesía es, un escolio de Nicolás Gómez Dávila: “La perfecta transparencia de un texto es, sin más, una delicia suficiente”.

       Al haber publicado cinco libros regularmente distribuidos en el tiempo, es tentador leer la antología siguiendo el hilo de una marcada evolución poética. Lo ha hecho, en una reseña ejemplar, Carlos Alcorta. Allí nos va dando información de primera mano de las influencias de José Luis Martínez y de las variantes (bastante enjundiosas) que la antología introduce con respecto a las obras originales. Por mi parte, destacaría simplemente que, a pesar de los cambios de tono y de gravitación, lo que para mí es su seña más característica, el encanto poderoso, despreocupado y desprejuiciado, atraviesa intacto toda la antología.

       En el primer libro, que aquí se llama El concepto de autor, aunque en 1986 se llamó Culture Club, destaca especialmente el registro del humor tierno, autobiográfico. Asombran las coincidencias con el sevillano Carmelo Guillén Acosta. No sé si José Luis Martínez lo leyó, pero pueden deberse a un mismo interés extremo en el ritmo del poema y en su capacidad emotiva y a la lectura atenta de algunos autores hispanoamericanos, como César Vallejo.

Voy a ser un señor de mediana estatura,
voy a ser un señor más bien bajo
y un pelín temeroso de la muerte,
con sus dos entradas
y un redondel por todo lo alto.

                         […]

       A veces José Luis Martínez da un paso más allá (aún) en la tensión del lenguaje coloquial y los giros expresivos y pasa ya a recordarnos directamente a Abel Feu y su Feu de erratas (1997). Dice Martínez:

RETRATO

La mujer de mi vida,
que será como cualquiera,
seguro que surge un día de estos.
 
Le enseñaré mi retrato de comunión,
que es la caraba.

 
Le enseñaré mi foto de marinerito,
la de las orejas,
que es la leche…
 
Y la tomaré por compañera.
 
Y como ya no habrá complejo,
mariposearemos de por vida.

       En Pameos y meopas de Rosa Silla (1989) mantiene la audacia expresiva, quizá ligeramente más contenida, pero exacerba la ternura. Se trata de un moderno cancionero de amor. La coincidencia con Cantos a Rosa de José Antonio Muñoz Rojas no parece limitarse al título: hay una misma apuesta por la espontaneidad y un romanticismo dialogante, exaltado pero en voz baja. Es un poemario-filón de hermosísimos y descarados versos de amor:

Por ti todo es serio y no paro de sonreír.
*
Mi querido pececito de colores: /
todo te escama
[…] Y seguiré tus cariñosas advertencias, /
e incluso las del refranero.
*
Si Galdós levantara la cabeza, /
si su mirada tristona te viera así /
—tan perfecta, tan agraciada por la fortuna—, /
se moriría por dibujarte:
se le daba muy bien. /…/
 
Se mataría por sacarte /
un retrato chulo, /
valioso, /
capital.
*
y vivo solo —cuando tú no estás—
*
porque es una chavala excelente.

       En Abandonadas ocupaciones (1997) uno cree toparse con un tono Víctor Botas y, por tanto, con un eco de Borges, pero con esa transparencia ingenua y juguetona que ya reconocemos como ineludiblemente Martínez:

EL JUGADOR

La luna,
la misma luna que luciera Lorca
en el ojal de todos sus libros,
la luna que los persas
tenían por espejo del tiempo,
en mitad de la noche tan oscura,
mientras me hago el solitario,
está marcándose un farol.

       No abandona otra seña de identidad suya: la autobiográfica, tratada de nuevo con cierta ironía distanciadora o, mejor dicho, con una ironía que, por guardar las distancias, le permite acercarse mucho más. En un poema en el que habla de vender su casa, ofrece: “Y aporto incluso documentos literarios / —poemas como «Nuestra casa», «A mi perro»— / que prueban de manera fehaciente / que podrán ser felices en este lugar / donde el afecto crece como césped / …”

       Que aparezcan sus propios títulos nos avisa de una veta principal de este libro: la metapoética. Da incluso una fórmula para escribir poemas, que tiene mucho de gag de cine mudo, con su misma ternura:

[…] Y a los versos los rondo y rondo,
no ceso de acecharlos,
hasta lograr que sean ellos
los que me persigan a mí.

       La clave de este libro, y de la completa antología se nos ofrece en el poema «Desdecirse» (p. 76). El título, en principio, extraña y sólo se entiende cuando unas páginas más adelante se lee «A favor del poema débil» (p. 79): “A favor del poema débil / como canal que no puede con la góndola, / del poema desventado, / sin chispa ni gas, / nada atlético, / carente de fuerza como los tiempos que corren”. Éste último está de la mayor actualidad, ciertamente, pero los dos poemas juntos funcionan como un anverso y un reverso, contradiciéndose para dejar en completa libertad al poeta. El hecho, sin embargo, de que se adelante el que desdice al otro, al digamos actual, además de producir una saludable sorpresa, nos subraya la preferencia del autor. Su poesía, vigorosa y vitalista, siempre regocijada en el fondo, desde luego que ha optado por desdecir el desmayo, muy a lo Juan Antonio González Iglesias, por no irnos a los griegos:

DESDECIRSE

A favor del poema
fuerte como pedazo de hierro,
con garra, rebosante de vigor.

Del poema que avanza con paso decidido,
gimnástico;
                  de los versos
sometidos a largos entrenamientos,
musculosos, viriles.

Y a favor de las comas,
los paréntesis y los puntos
enérgicamente puestos.
De los libros de anchísimas espaldas
capaces de llevarnos lejos.

A favor, en fin,
del nervio en lírica.

De las estrofas como halteras;
de la página
en absoluto lívida, pálida:
indescriptiblemente congestionada,
roja,
toda contracción.

       En El tiempo de la vida (2000) hay bastantes novedades. Sorprenden los poemas con un componente social («Tiempos de egolatría», «Misantropía»), quizá no del todo logrados porque expresan, más bien, la nostalgia de lo social. Y nos encontramos con textos de arquitectura más amplia y con un aliento metafísico mayor: “La vida, ese país del tiempo”, se clava en la página 136. Un gran poema es “La constante presencia de una edad”, de ecos wordsworthianos y con una flor (la del dondiego) que atraviesa las edades mágicamente a lo H. G. Wells. Se ve aparecer la sombra de la benéfica Wislawa Szymborska. ¿O acaso no se la recuerdan estos versos de José Luis Martínez sobre la astucia?

Odio la astucia.
 
Pero justo será reconocer
que muchos les debemos a sus tretas
el puesto de trabajo, y el amor
y, a veces, la vida.
                           Justo será alabar
su tremendo atractivo, lo bien que se disfraza
de sana inteligencia, de espontánea euforia.
Y la plasticidad de sus escenas,
su enorme potencial como espectáculo.

       Basta este fragmento para seguir viendo cómo nuestro poeta, trate el tema que toque, no abandona su sonrisa de fondo. En “De nuevo el primer libro” (p. 120) se le nota igualmente enamorado de la poesía y la vida: “Un nuevo libro / —si ha de ser nosotros, / si quiere merecerse el mundo / que habitamos aún—, / será libro si vuelves a apostar / a todo o nada por la poesía, / a todo o nada por la vida.// Será nuevo / si es, sin aburrir, / sin limitarse a dar más de lo mismo, / hijo de lo que puedes escribir, / hijo de lo que debes escribir, / de nuevo el primer libro”.

       El último (de nuevo el primero, por tanto) es Florecimiento del daño (2007). Reseñando El tiempo de la vida, ya notaba Valentín J. Ansede la influencia de Carlos Marzal y de Vicente Gallego. Buen oído el suyo, profético, porque es en este último libro donde de veras se hace evidente, incluso en la morosa acumulación de impresiones abstractas: “Dulce frecuentación de lo que estimo. / Secreta adquisición de su secreto, / morosa comprensión de su valor”. (p. 170). La prueba de la dicción no engaña: “Desvanezcámonos de puro amor, / seamos esta música de saxo”.

       Pero no es un demérito, primero porque no es una influencia ni ilógica ni muy alejada de los propios intereses de José Luis Martínez, tan celebrativo siempre. Por otra parte, a lo largo de toda su obra poética ha demostrado ser capaz de atravesar los ecos, recogiéndolos y devolviéndolos, sin perder una voz propia.

       Una voz que ahora se reposa un poco y que en «Una oración», en la página 176-7, ante un amanecer, se sugiere: “Deberías ponerte de rodillas”. Para terminar, «En el silencio» (pp. 178-9) habla de “la verdad del amor a la verdad”, y nos descubre que “la lentitud confita lo que toca”, por lo que “tu última verdad te espera dulce”. La verdad se nos deja como promesa de este libro (ya se nos había advertido que era un Camino de ningún final), pero casi quedamos tocándola con la punta de los dedos. Y, además, ¡qué bien nos lo hemos pasado hasta llegar hasta aquí!

Ainhoa Sáenz de Zaitegui (El Cultural -El Mundo-, 21-3-2014)2017-07-11T18:55:06+00:00

La memoria a veces es descubrimiento. Una visión de los hechos entre 1980 y 2006, Camino de ningún final (edición de V. Gallego, Renacimiento, 2013), no parece una antología, porque éstas tienen algo de puerta cerrada, y ésta es todo llaves. José Luis Martínez no dice no a nada. No renuncia: “A favor del poema débil/ como canal que no puede con la góndola,/ del poema desventado,/ sin chispa ni gas,/ nada atlético,/ carente de fuerza como los tiempos que corren”. Los caminos sólo conducen a ser recorridos. Lo nuevo es lo mismo que lo vivo.

BIM del Ayuntamiento de Torrent (Valencia), nº 185, febrero-marzo 2014, p. 372017-07-11T18:55:06+00:00

En els seus versos -tendres i senzills, coneixement i inocencia- segons Vicente Gallego, es dóna una visió entusiasta de la vida: intensitat en el dolor i en l´alegria, com si no existira la tebiesa, com si solament haguérem vingut per a encendre´ns per a brillar un instant entre la pols i la cendra.

       Poemes com «Una edad del corazón», «El camino que lleva a un árbol», «El tiempo de la vida», «Bajo el signo menos», «Florecimiento del daño», «Abluciones» o «Ejercicio de relajación» es troben entre el més granat que l´escriptura li ha donat. El seu primer llibre ha canviat el títol original pel d´una secció que l´integrava: «El concepto de autor».

       Esta antologia inclou estos poemes inèdits: «Rico postre», «Retrato», «Historias de amor», «A favor del poema débil», «Cuando hablamos de amor» y «De nuevo el primer libro».

       El poeta, que va trovar una veu tan singular i segura en la seua generació, acaba per trobar una més profunda saviesa i ens parla ara de cor a cor: «Tu última verdad te espera dulce».

       José Luis Martínez Rodríguez (1959) és autor de Culture club (Universitat de Valencia, 1986), Pameos y meopas de Rosa Silla (Mestral Libros, 1989), Abandonadas ocupaciones (Editorial Aguaclara, 1997), El tiempo de la vida (Editorial Pre-Textos, 2000) i Florecimiento del daño (Visor Libros, 2007).

BIM del Ayuntamiento de Torrent (Valencia), nº 185, febrero-marzo 2014, p. 302017-07-11T18:55:06+00:00

‘Camino de ningún final’, nuevo libro
del poeta José Luis Martínez

El 21 de enero se presentó en el Café Malvarrosa Espai Paral.lel de Valencia, el libro Camino de ningún final del torrentino José Luis Martínez, que aparece en el centro de ambas fotografías, una antología poética seleccionada por Vicente Gallego que se ha publicado en la prestigiosa Editorial Renacimiento, con el número 62 en la Colección Antologías, Sevilla 2013. El poeta José Luis Martínez Rodríguez es autor de las siguientes obras: Culture Club, libro publicado por la Universidad de Valencia en 1986; Pameos y meopas de Rosa Silla, editado por Mestral Libros en 1989; Abandonadas ocupaciones, publicado por la Editorial Aguaclara en 1997; El tiempo de la vida en la Editorial Pre-Textos, 2000, y Florecimiento del daño, editado por Visor Libros en 2007.

       El acto de la presentación de este libro, en el que se incluyen poemas inéditos, estuvo muy concurrido y se leyeron diferentes poemas con introducciones y comentarios enjundiosos y anecdóticos del poeta acerca de la creación de los mismos. Intervinieron en las lecturas Francisco Benedito, Vicente Gallego, Josep Santonja, Juan Pablo Zapater y el propio autor. Vicente Gallego hace esta semblanza del autor de Camino de ningún final en el prólogo del libro: “Sus poemas consiguen siempre algo muy difícil: que la vida tintinee y huela a vida. En sus versos -ternura y lucidez, conocimiento e inocencia-, se da una visión entusiasta de la vida: intensidad en el dolor y en la alegría, como si no existiera la tibieza, como si sólo hubiéramos venido para arder, para brillar un instante entre el polvo y la ceniza. Poemas como “Una edad del corazón”, “El camino que lleva a un árbol”, “El tiempo de la vida”, “Bajo el signo menos”, “Florecimiento del daño”, “Abluciones” o “Ejercicio de relajación” se encuentran, según mi criterio, entre lo más granado que la escritura ha ido regalándole. Su primer libro ha cambiado el título original por el de una sección que lo integraba: El concepto de autor. Esta antología incluye estos poemas inéditos: “Rico postre”, “Retrato”, “Historias de amor”, “A favor del poema débil”, “Cuando hablamos de amor” y “De nuevo el primer libro”. El poeta que halló una voz tan singular y segura en su generación termina por encontrar una más honda sabiduría y nos habla ahora de corazón a corazón: Tu última verdad te espera dulce.” También el 6 de febrero el libro se presentaba en FNAC de València.

       José Luis Martínez retorna a hacernos partícipes de su producción poética tras una larga temporada de auto superación por problemas de salud, demostrando que su genialidad no le abandona nunca.

       Enhorabuena para él y para sus lectores.

Enrique García-Máiquez (blog “rayos y truenos”, 13-2-2014)2017-07-11T18:55:06+00:00

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El canto de un duro

Me entusiasman los poemas escritos con la técnica de anverso y reverso, diciendo una cosa y defendiendo luego también la otra. Cuando se utiliza bien la técnica, ambas versiones no se anulan, sino que abren un espacio mayor, esforzadamente ganado, de libertad del poeta y, por tanto, del lector. Estaría muy bien ser capaz de escribir una serie de caras y cruces así, y titular el libro El canto de un duro.

      José Luis Martínez, en Camino de ningún final nos deja una muestra extraordinaria, que además gira sobre el canto como una peonza festiva y, en el libro, cae de cruz:

 

A FAVOR DEL POEMA DÉBIL

A favor del poema débil
como canal que no puede con la góndola,
del poema desventado,
sin chispa ni gas,
                          nada atlético,
carente de fuerza como los tiempos que corren.

 

DESDECIRSE

A favor del poema
fuerte como pedazo de hierro,
con garra, rebosante de vigor.

Del poema que avanza con paso decidido,
gimnástico;
                  de los versos
sometidos a largos entrenamientos,
musculosos, viriles.

Y a favor de las comas,
los paréntesis y los puntos
enérgicamente puestos.
De los libros de anchísimas espaldas
capaces de llevarnos lejos.

A favor, en fin,
del nervio en lírica.

De las estrofas como halteras;
de la página
en absoluto lívida, pálida:
indescriptiblemente congestionada,
roja,
toda contracción.

Vicente Gallego, «Una erótica de la creación» (prólogo a la antología Camino de ningún final), 20132017-07-11T18:55:09+00:00

José Luis Martínez,
una erótica de la creación

EL POETA

Hace más de media vida que José Luis Martínez me detectó, por así decirlo, en las aulas de la Facultad de Filología de Valencia. No resultaba demasiado difícil, porque yo era entonces un cursi que llevaba la carpeta forrada con fotografías de poetas por una parte y reproducciones de cuadros célebres por la otra. Pronto fuimos amigos, primero más por poetas que por otra cosa. Habíamos encontrado respectivamente a un lector, y eso vale su peso en oro para los ansiosos jovencitos. Sin embargo, nuestro cariño tuvo enseguida la oportunidad de demostrar que estaba por encima de cualquier desavenencia estética, pues formábamos una pareja cómica: si José Luis era el poeta vanguardista que venía a mearse sobre la calva de los académicos; yo era de una especie aún más bufa, la del poeta decadente que necesita saturar los versos de caléndulas y corifeos para sentirse a sus anchas. Él vestía de lana sufí contra los encorbatados de siempre; yo me anudaba la corbata también contra los mismos y, para distinguirme de esas grises que usaban los aburridos, las mías, de tan psicodélicas como las encontré, hubieran dejado daltónico al mismísimo crepúsculo. Éramos como el gordo y el flaco de la lírica valenciana, aunque los dos en peso mosca y con pocas ganas de reírnos de nosotros mismos, que íbamos a ser tan importantes. Ya veis que ni dinamitamos la historia de la literatura, ni el mundo, gracias a Dios, ha sabido demasiado de nosotros, si ponemos aparte a esos tres o cuatro lectores beneméritos que tenemos los poetas cuando la fortuna nos dedica la mejor de sus sonrisas. Desde entonces, nos ha dado tiempo a bajar de la calesa de nuestros sueños y poner los pies sobre tierra firme, y ahora sabemos que la poesía no es una cuestión de merecer, sino aquello que ocurre cuando tiene que ocurrir y a pesar de los pesares. A lo largo de todos estos años, José Luis y yo hemos compartido nuestra pasión insaciable por la música y la palabra, hemos intercambiado libros, casetes, vinilos y cedés con ese gusto con que se comparten las cosas más queridas con aquellos que queremos. Y como hay verdadera confianza entre nosotros, ninguno de nuestros libros se ha privado de esa lectura inmisericorde del amigo que contribuye a aligerarlos de adherencias retóricas y otras varias falsedades casi siempre inevitables, y aún más en primera instancia, cuando el poeta se encuentra a solas con su criterio y lo acosan las dudas.

       Me llega hoy una carta por vía postal -lo que es un lujo en estos tiempos- de mi amigo, del poeta algo pintor. No ha perdido la costumbre rara, niña, que ya tenía cuando nos conocimos siendo muy jóvenes: ha escrito varios versos incluso en la cara posterior del sobre con lápices de colores. Algunos pertenecen a sus primeros libros, aquellos que escribía en arrebato, en cualquier parte, con una natural irreverencia hacia cuanto oliera a naftalina poética, lo que lo empujó a escribir alguno de los poemas más frescos –pameos decía él, con Cortázar-, más chocantes que he leído.

       Es José Luis el único poeta, hasta donde alcanza mi memoria, que ha incluido en el título de uno de sus libros, no sólo el nombre, sino los apellidos de la mujer a la que lo dedicaba; así, ni corto ni perezoso, exultante, me pasó una tarde -en las aburridas aulas de la Facultad de Filología- el original mecanografiado de Pameos y meopas de Rosa Silla. Más que libro me pareció arcoíris en cuanto abrí sus páginas, puesto que no había casi un verso que no hubiera él subrayado con rotuladores fluorescentes, que trazaban un círculo enigmático alrededor de unas palabras, marcaban juegos semánticos del todo malabares o llamaban la atención sobre otras concordancias. Trabajaba así con seriedad, como jugando. Y su juego alumbraba unos versos ante los que yo, que nunca seré poeta tan vetusto como lo fui siendo joven, me quedaba mitad patidifuso y enteramente fascinado. No pudimos acabar la carrera juntos, porque yo salí huyendo de mis invencibles desidias, y él hizo de su capacidad para los esquemas y el subrayado a varias tintas licenciatura bien ganada.

       Hace unos días, José Luis, mi primer amigo poeta, me pasó el original inédito de su obra reunida –En el corazón del aire-, en la que había trabajado últimamente procurando dejarla en su mejor expresión. Lo leí, lo disfruté de manera muy peculiar, porque yo era veinte lectores a la vez, todos aquellos que había sido a lo largo de los tiempos; y con todo, brillaba al final del túnel una luz que dejaba los poemas sobre los pañales de un nuevo nacimiento. Me fui a su casa para agradecerle el regalo; quería de paso sugerirle algún detalle. Vive en una casa que da a lo poco de verde que sobrevive en los alrededores. Llamé, llovía con tesón y me cayó todo encima, porque mi amigo anda paso a paso, arrastrando la pierna derecha e impedido el brazo que sobre ella descansa. Hace unos años, José Luis tuvo una hemorragia cerebral, estuvo veinte días (1) en coma entre la vida y la muerte. Volvió después en sí, aunque no le respondiera la parte derecha de su cuerpo. Había perdido el habla. Más valía no pensar de momento en la escritura. No sentía mi mano tomada de la suya, pero no lo abandonaba ni un segundo esa sonrisa suya enamorada del instante. Le leí una tarde el poema que le dedicaba en Si temierais morir, y él, que tropezaba aún con las letras, me dijo: “No entiendo todo con la cabeza, pero el corazón ha oído”. Pasó el tiempo corriendo, y ahora José Luis se apaña de maravilla caminando despacio, con paciencia; me cura de mi mala costumbre de hablar deprisa con su decir pausado y lleno de propiedad; aparece en los actos literarios y todos se lo disputan a la hora de la cena, porque irradia. Cuando voy a visitarlo, cuando lo miro a los ojos, siento que ha vuelto a él ese niño que todos fuimos, capaz de estar presente en su presente, todo sensibilidad e inteligencia traviesa, todo gozo en el hoy, todo uno, todo entero, todo franco. Volverá a escribir, ya lo está haciendo. Y sé bien que lo hará poco a poco con mayor soltura, con más honda transparencia. Ese “abrazo a perpetuidad” con que te despides en tu carta, yo te lo tomo aquí, hermano, en tu casa, en esta página. Pronto quiso la poesía hacerse fuerte en tu alma, y para tu primer libro ya te había regalado este breve poema donde se canta el desprendimiento en que se cumple el arte, nuestra vida: Soy yo el que / a esta pipa roja / le mira el cráter, / de lo que se desprende / humo nada más.

LA POESÍA

       José Luis Martínez, como poeta, ha asumido casi todos los riesgos que un poeta puede asumir, y siempre me he preguntado cómo ha conseguido salir con bien de todas sus apuestas, apuestas en las que se ha encontrado inmerso plenamente no por un afán premeditado de hacerles frente, sino por una necesidad interna de sus inquietudes como escritor, que han ido a la par con su intensa aventura como lector devoto. Siempre hizo gala, mi ya viejo amigo, de una generosidad de espíritu que se afirmaba como voracidad lectora, una voracidad llena de criterio que podía demorarse en un texto, cuando el texto lo merecía, durante meses o incluso años. Muy pocos he conocido que supieran hacer de sus hallazgos como lectores, de la admiración rendida, un motivo de tanta alegría como José Luis; y esa apertura suya a la palabra verdadera de los otros, que nunca se rindió a ninguna clase de prejuicios o presuposiciones, no sólo ha hecho de él uno de los lectores más lúcidos y agradecidos que he tenido la suerte de tratar, sino que también lo ha ido convirtiendo en el poeta auténtico que es, porque el amor loco por el arte tiene mucho que decir en el milagro de la creación artística. Descubría José Luis a Yeats, y era como si le hubiera tocado la lotería; daba con el prodigio del último Juan Ramón y ya no le hacía falta que cenara en una larga temporada, de tan cumplido como quedaba. Mucho ha de agradecerle el lector que soy a su necesidad de compartir las cosas que lo merecen, que es una de las más hermosas necesidades del alma convivida. José Luis, como casi todos, comenzó a escribir versos porque amaba los que leía, pero él los amaba como nadie, con un entusiasmo tan sincero como contagioso. No se aprende nada en este mundo si uno no lo consigue por medio del apasionamiento más abrasador y, dado que a José Luis, si exceptuamos la de la gente a la que quiere, no se le conoce casi otra pasión que la del arte, la cual ha sido para él una pasión más viva que la vida, no es de extrañar encontrarlo tan sabio a estas alturas de su camino.

       Decía que José Luis ha afrontado casi todos los riesgos en poesía, y que siempre me he preguntado cómo ha sido capaz de salir de ellos regalándonos poemas necesarios. Quizás sea este un buen momento para tratar de responderme esa pregunta, procurando así que el lector encuentre algunas claves de lectura que le serán, lo sé, innecesarias, ya que sus poemas se sostienen divinamente por sí mismos, y que, además, en su aparente sencillez, atesoran una honda riqueza que no se dejará agotar por mis apreciaciones personales. Siendo él como es, un hombre perplejo ante el misterio profundo del arte, se ha sentido íntimamente inclinado a reflexionar sobre el pasmo de la creación en un lugar bastante peligroso para dedicarse a tales menesteres, el propio poema. No se ha perdido jamás, sin embargo, en esos eriales de la llamada metapoesía, porque no conozco a un poeta menos amigo de lo teórico que él, que allí donde pone su palabra consigue que la vida tintinee y huela a vida. Sus poemas metapoéticos -digámoslo así para entendernos- no pretenden otra cosa que cantar y agradecer el don de la poesía; son poemas deseados largamente por su autor, y deseantes de encontrarse con el espíritu de sus lectores para hallar allí una nueva morada. José Luis ha hecho de la espera de la palabra regalada, del alma en vilo un ars amandi, y hasta una erótica en la que caben todo tipo de arrumacos, de reproches y de requerimientos: Que el brillo de nuestros versos / no provenga / del diente de oro de ningún cadáver. / Que poeta no acabe siendo/ una realidad de leyenda/ (unicornio, sirena…), / un signo sin extensión.

       Esta erótica suya de la creación, ese intenso deseo de ofrecerse como vehículo de la belleza, es uno de los anhelos sostenidos de su escritura, en la que él ha sabido ser, como pocos, el trovador que canta bajo la ventana de su sola dueña, la poesía, tratando de atraerse sus favores. Hay algo muy carnal en esta relación suya con la palabra deseada, algo que se parece mucho a la lujuria y que, sin embargo, no recibimos bajo la impresión de la obscenidad, porque se trata de una concupiscencia blanca, la del niño que reclama su derecho a crecer y ser feliz en brazos de su madre.

       En su búsqueda constante de la palabra viva, de esa palabra que, a fuerza de ser sentida justamente como propia, aspira a la universalidad, José Luis ha pulsado muchos de los registros de la lengua con mano maestra, para terminar por acogerse felizmente a esa sobriedad de hondo calado que distingue sus últimos libros. La claridad en el decir siempre ha estado de su parte, y sus tres primeros libros son toda una lección de hallazgos verbales, cuyos brillos no están reñidos con una verdad emocional irrefrenable que, precisamente por serlo, brota con un ímpetu del todo natural en cada verso. En ellos, José Luis ha sido una cosa muy difícil: el verdadero poeta adolescente, el que tiene el don del candor y al que todo le viene dado, porque nada nos parece postizo en él. En ellos, José Luis ha sido capaz de escribir con total libertad, como si no existiera el juicio ajeno, poniendo toda la carne en el asador: Beso listas por ti / y escondo la barriga más que un cristal. / Por ti lo tengo todo claro, / y riego muy bien, / y las puertas las abro incluso con estilo. En esos primeros libros suyos, José Luis no sólo consigue reunirse con el lector allí donde este no se lo espera, en la inmediatez del exabrupto sentimental, sino que levanta ante sus ojos, con cuatro trazos bien traídos, lo que me atrevería a denominar una metafísica de lo inmediato: Un árbol de morera / es poca sombra, / y encima… /tiene el cielo, / por lo que el de este poema / será un final feliz. Haciendo de la vida poesía, hallándola en la vivencia de su historia sentimental, José Luis firmó uno de los libros más originales, más inclasificables de los años ochenta, Pameos y meopas de Rosa Silla. Un libro donde la temática amorosa se sacude la caspa y nos viene dada con un nuevo poderío, con el descaro del que dice las cosas como las siente: Tu madre te dará de escobazos un día: / nos cagamos en lo más barrido. / Hacen que los engañemos. / Quieren que les doremos la píldora. / Prefieren pensar que las pastillas que tomas / son juanolas. Hizo el poeta en este libro algo realmente difícil, hizo del entusiasmo amoroso oportunidad lograda, pleno derecho de su voz, y lo hizo cantando a la amada con una vehemencia que viene corregida por ese tono suyo tan personal, capaz de atenuar el énfasis -siempre vano- de mil maneras inesperadas: Si Galdós levantara la cabeza, / si su mirada tristona te viera así / -tan perfecta, tan agraciada por la fortuna-, / se moriría por dibujarte: / se le daba muy bien. Celos enfermizos, madrigales sonámbulos, proyectos de enmienda y de vida en común…, todo cabe en este libro donde se canta el viejo asombro de ser joven y descubrir el amor con palabras nuevas que se agitan como peces recién pescados.

       Sus dos últimos trabajos, El tiempo de la vida y Florecimiento del daño, se internan un poco más en el terreno que siempre había sido el suyo, su templo, el de la vida cotidiana; y digo que se internan un poco más -en busca de sus sentidos ocultos- porque hacen del presente una mística, la mística de lo imperecedero. Pues lo fugaz, llevado por su verso al ámbito de lo universal, está siempre presente en el vivir del hombre. La poesía última de José Luis Martínez abre a nuestros ojos una realidad transfigurada donde lo concreto adquiere valor absoluto gracias a una mirada que aúna ternura y lucidez, conocimiento e inocencia. Se celebran aquí las cosas que de verdad importan: los afectos, los placeres modestos de cada día, las ilusiones y desengaños, y la ciencia que de tales experiencias se va destilando con los años lentamente. Hay en sus versos una visión siempre entusiasta de la vida: intensidad en el dolor y en la alegría, como si no existiera la tibieza, como si sólo hubiéramos venido para arder, para brillar un instante entre el polvo y la ceniza.

       Se enfrenta en estos últimos libros el poeta con la condición humana, y lo hace con una ecuanimidad que sólo la atención es capaz de procurarnos, y así, en el poema titulado «Misantropía», después de arremeter contra esos abusos e incomodidades a que nos aboca a menudo el trato con el prójimo, escribe: Como si no supiera todavía / que la verdad del mundo / no es otra que el amor, / que cuanto diga o haga contra ti / se vuelve contra mí, / que soy mucho peor que tú, / alguien plagado de defectos, / alguien que necesita tu presencia, / que no es nada sin ti, / alguien que debería amarte. Están estos libros llenos de comprensión hacia las dificultades que supone el vivir del hombre, y están por eso mismo llenos de gusto por la vida, por las enormes, inconmensurables cosas que la vida, junto a sus mil problemas, pone cada día a nuestro alcance como si estuviera repartiendo calderilla: las manos de la madre, la música de un saxo, el agua que nos lava el rostro, el bendito resol, el silencio en que se entregan las verdades, o el descubrimiento de ese tesoro, la paternidad. José Luis, en estos dos últimos libros suyos, ha devenido más sobrio, más musical -con su música siempre enhebrada con delicadeza en el tono franciscano del discurso-, y también más poderoso en la meditación sobre el sentido de tantas apariencias como la vida nos presenta, no para confundirnos, sino para que nazcan en nosotros las preguntas últimas: Hace falta una luz, / una luz que nos diga: / sólo existe una casa, una sola persona / -tan semejante en todo a ti y a mí- / pisa la tierra, habita el mundo.

       Poemas como «Una edad del corazón», «El camino que lleva a un árbol», «El tiempo de la vida», «Bajo el signo menos», «Florecimiento del daño», «Abluciones» o «Ejercicio de relajación» se encuentran, según mi criterio, entre lo más granado que la escritura ha ido regalándole. Se encierra en estos dos libros finales suyos toda la esencia destilada de su aventura poética, que ha crecido en profundidad sin perder la naturalidad en el decir, que se ha encarado con los temas eternos de la meditación poética sin apelar a lo consabido. El poeta que halló una voz tan singular mediante la puesta en común de sus sentimientos, el que nos mostró con desparpajo los aledaños de su alma, termina por hallar un más hondo conocimiento y nos habla ahora de corazón a corazón: Tu última verdad te espera dulce.

                                                                                                                        Vicente Gallego

 

(1) Me dicen que José Luis permaneció en coma dos días en realidad.

Valentín J. Ansede Alonso (blogspot “Hojas que fueron libros libros que fueron vida”, en la entrada «Tiempo y vida», 7-4- 2009)2017-07-11T18:55:09+00:00

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José Luis Martínez. Poesía

TIEMPO Y VIDA

Andaba por los anaqueles del pasillo de mi casa buscando un poemario de ese magnífico poeta sevillano -y mejor persona- que es José Julio Cabanillas, Los que devuelve el mar, pero tendré que comentarlo otro día porque no he sido capaz de encontrarlo. Sin embargo, la búsqueda me deparó alguna grata sorpresa, poemarios de los que deberé hablar en alguna ocasión. Me he detenido en José Luis Martínez, El tiempo de la vida, Valencia, Pre-Textos, 2000, un libro hermoso y triste. Releyendo un par de poemas he recordado a Søren Kierkegaard empeñado en que el poeta tiene una función maldita: pues el dolor adopta en su voz un timbre hermoso y al empeñarnos en que vuelva a cantar le estamos pidiendo tal vez que vuelva a sufrir.

       La Modernidad romántica hizo de la vida del artista la primera obra de arte (mucho antes que Wilde se esculpiese a sí mismo): la belleza estaba plenamente en el sujeto. Desde entonces hemos caminado mucho y la vida no se muestra ya como un ejemplo, sino en su realidad:

                                  Parecerá inocente, vano,
                                  pero es útil soñar, no conformarse
                                  con lo que en apariencia existe.
                                  Pedir lo que -quizá- no puede ser
                                  pone a prueba la vida, lo real.
                                  Y no hace daño a nadie que pidamos
                                  un único deseo.

       Los límites que emergen ahí son los de la propia vida del poeta. Es el artista el que da testimonio no sólo con su palabra, sino también con su existencia desgarrada -por eso a los jóvenes les sorprenden tanto esas fotografías de viejos poetas que asemejan a pequeños tenderos: no pueden entender la distancia y hasta el abismo entre la obra y la vida del poeta, y de ahí la bohemia que aún perdura de manera que basta con vivir de una manera para ser artista; claro que así los ataques a la escasa calidad de la obra de arte acaban siendo golpes a la vida del artista.

       José Luis Martínez plantea, en continuidad con lo anterior, la cuestión de la belleza del mal, de lo feo. Así el poema Misantropía:

                                  Mi semejante, hermano:
                                  tengo la sensación, la horrible sensación
                                  de que llevamos vida de pareja
                                  y el mundo no es bastante grande,
                                  me tropiezo contigo a cada paso,
                                  me molesta tu codo, tu rodilla,
                                  el modo lamentable en que conduces
                                  el carro de la compra, tu automóvil;
                                  me molestan tus toses y tus vicios,
                                  tus andares simiescos y tus lágrimas fáciles,
                                  casi todas tus frases sobrias,
                                  todas tus tonterías de borracho.

       Es innegable que la poesía de José Luis Martínez, valenciano, está emparentada con la de otros dos valencianos de los que ya he hablado: Carlos Marzal y Vicente Gallego, sobre todo con el primero -y la edad no es ajena a este parecido, pues el horizonte de experiencias es el mismo. El tiempo de la vida me ha recordado poderosamente un poema de Marzal en Metales pesados:

                                  Máquinas de escribir y catapultas,
                                  dinosaurios y ermitas, gladiadores y yates
                                  conviven en el tiempo, en este tiempo
                                  de las guerras mundiales y de las guerras púnicas;
                                  un tiempo en el que cierta chica
                                  insiste todavía en invitarme al cine,
                                  y me sigue doliendo aquella frase
                                  o tengo la impresión de que se acercan
                                  sombras que dicen ser mis enemigos.
 
                                  En esta nebulosa que llamamos historia,
                                  que llamamos conciencia,
                                  hay calle que nos llevan al amor
                                  que nos abandonó o abandonamos,
                                  a una edad de salud, esperanza, joven.
                                  Hay pasadizos, túneles y falsas
                                  librerías que van a dar al mar
                                  que es el vivir, la vida,
                                  esa geografía ensimismada,
                                  esa naturaleza caprichosa,
                                  ese país del tiempo.
 
                                  La religión y el arte nos enseñan
                                  esta bella mentira:
                                  nadie se marcha para siempre,
                                  Pues la memoria es vida,
                                  y es vida, vida antigua, nuestra sangre.
                                  La antigua sangre y la memoria,
                                  ¿qué son sino la vida?
 
                                  La religión y el arte
                                  han dicho la verdad: es mentira la muerte.
                                  Siempre seremos el que fuimos,
                                  vendrá a quedarse para siempre
                                  el que vamos a ser.
 
                                  Es mentira la muerte.
 
                                  La vida es para siempre vida.

       Claro que Hegel protestaría por este final en el que se excluye a la filosofía, aunque tengo para mí que el profesor de Berlín también sabría disfrutar pues no en vano escribió El más antiguo programa del idealismo alemán; eso sí, cuando era joven y tenía una edad de salud y esperanzada. La lectura de El tiempo de la vida acompañará durante días los pensamientos de quienes lo lean. Shalom.

Ezequiel Castellano (El Punt, Valencia, 24-2-2008/1-3-2008, contraportada)2017-07-11T18:55:09+00:00

El poeta cercaparaules

José Luis Martínez presenta el seu poemari guanyador
del premi Cáceres Patrimoni de la Humanidad

Una sobtada malaltia ha tingut quasi un any apartat el professor de literatura castellana José Luis Martínez, de les aules de l´institut en què ha impartit classe durant els darrers quatre anys. No obstant aixó, la seua obra ha continuat un camí farcit de premis i guardons, com és el cas del darrer poemari bastit abans d´aquest incident amb la seua salut, que ara recupera a poc a poc.

            La malaltia l´ha afectat la memòria i la mobilitad, però això no ha sigut impediment perquè el poeta torrentí continue amb el seu afany per trobar les paraules exactes i atendre la seua necessitat de comunicació permanent amb les persones.

            D´un temps ença, restaura paraules perdudes, encaixa noms i imatges que s´havien desdibuixat i reestrutura amb una voluntat fèrria, tot el seu bagatge cultural i literari ocult darrere d´un vel on la memòria confon realitat i ficció.

            La seua aparició en pùblic l´ha feta a l´institut on desenvolupava la seua tasca educativa i l´alumnat ha sabut respondre amb escreix les expectatives d´aquest professorque enllaça el nom de les coses, situa persones i mots i torna a descobrir el goig de viure voltat per tots aquells que li mostren la seua estima. La sala d´usos múltiples de l´institut “Veles i vents” de Torrent va servir de marc a la presentació del llibre de José Luis Martínez. Es tracta d´un poemari guanyador del XIX Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, que ha sigut per l´editorial Visor i que tindrà una forta repercussió dins el sector, tenint compte el treball que l´autor és capaç de bastir.

            Florecimiento del daño és l´obra darrera d´aquest poeta quasi secret, que mostra a les seues composicions i treballs una veu ben clara farcida d´autèntiques veritats humanes. És aquest un nou llibre de poemes en què es mostra la quotidianitat d´una realitat transfigurada i en el qual la concreció pren un valor ben definit a causa de la mirada tendra que Martínez aplica a les seues creacions.

            Tota la seua obra ha estat escrita en castellà i és així com des de la publicació de L´espai del vers jove l´any 1985 fins a aquest poemari que acaba de ser presentat ha sabut aportar amb Culture Club, Pameos y meopas de Rosa Silla i El tiempo de la vida, una frescor ben valorada per altres de la composició poètica del País Valencià i llegida arreu l´Estat espanyol.

            Ara, torna a muntar el seu trencaclosques intel.lectual i refà tot el seu vocabulari, ayudat de la seua companya Rosa Silla i dels seus amics més pròxims, que en cap moment l´han deixat sol perquè Jose Luis Martínez sàpiga trobar el camí que un dia va quedar amagat entre la boira del silenci i la desmemòria. Cada dia aprèn una nova paraula i també la relació existent entre aquella i l´objecte que denomina. El seu últim descobriment és un mot llarg que designa un animal petit i que la seua primera lletra no parla; es tracta de la paraula hormiga, i això li ha fet molta gràcia.

Francisco Díaz de Castro (El Cultural, 29-5-2008, p. 29)2017-07-11T18:55:09+00:00

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Florecimiento del daño

En una línea de creciente desnudez la poesía de José Luis Martínez (Valencia, 1959) ha alcanzado su diáfana esencialidad sin dejar de gravitar en torno a la conciencia de lo cotidiano. En el proceso de su escritura libros como Abandonadas ocupaciones (1997) y El tiempo de la vida (2000) jalonan un despojamiento de lenguaje y, sobre todo, de visión poética que ofrece ahora sus mejores frutos.

       Reflexión sobre el conocimiento poético tanto como sobre la experiencia, Florecimiento del daño despliega una prolongada elegía en cuyo interior se afirma, contrastándose, el himno a la materia que da sentido y razón al fervor y a la queja existenciales entre los que se tensa esta poesía. A lo largo de las tres partes que organizan su nuevo libro Martínez matiza en claroscuro creciente la radical afirmación solar que se abre en «Incendios», al comienzo del libro, y que desde el principio instala con la precisión y la originalidad de sus metáforas la síntesis de instinto y voluntad y el convencimiento de una verdad que el poeta extiende a lo absoluto.

       Como preparación decisiva para la lectura matizada de la serie amorosa que compone la afirmación esencial en el centro del libro, poemas como «Filas 7, 9 y 11» despojan de autoengaños la voz poética que expresa apasionadamente su voluntad de canto. La queja del protagonista poético por no ser más “el niño inagotable” abre la puerta plausiblemente a la elementalidad que logra el decir de esta poesía entre caída y elevación, entre un desfallecer y la alegría y una iluminación de la plenitud como fugaz victoria en la derrota irremediable que impone el calendario: “Y añades tu intemperie a la intemperie/ y pones a vivir/ a tu estar en tu ser,/ y tu hospitalidad la aireas”.

       Cuanto más en precario más tenaz, la afirmación alcanza en «Abluciones», al final del libro, su mejor exponente como difícil síntesis: elegía por amor a la vida, himno por voluntad de resistencia, los poemas últimos reafirman sin rencores a su protagonista como “esclavo” del cielo, de la carne, de la música, del cuerpo y de la realidad terrestre. Y en medio de la conciencia de naufragio se eleva una vez más, en «Resol», ese vuelo entusiasta de la voluntad en el que se abría Florecimiento del daño y que insta de nuevo: “Sumérgete en el día recrecido,/ no te protejas de esta luz/ que asoma por debajo de las puertas/ de la casa del sol”.

       Con razón Vicente Gallego se refiere a la de estos poemas como “una mirada que aúna ternura y lucidez, conocimiento e inocencia”.

Ricardo Senabre (El Periódico de Extremadura, 25-11-2006)2017-07-11T18:55:09+00:00

José Luis Martínez Rodríguez (Valencia, 16-4-1959), licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura de enseñanza Secundaria, se alzó ayer como ganador de la XIX edición del Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad con su obra Florecimiento del daño, “una meditación sobre la naturaleza finita del hombre y las cosas”, en palabras del presidente del jurado, el catedrático Ricardo Senabre Sempere, que también la consideró como una reflexión sobre si “el final inexorable es lo que da sentido a la vida o, por el contrario, es lo que priva a la vida de sentido”. La obra, “admirablemente escrita” -continuó Senabre- […].

(Palabras recogidas por Miguel Ángel Muñoz)

Ricardo Senabre (Europa Press, 24-11-2006)2017-07-11T18:55:09+00:00

El valenciano José Luis Martínez,
ganador del XIX Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad

Civismo y existencialismo

      En relación con el premio, el presidente del jurado, el catedrático Ricardo Senabre, destacó la calidad de la obra, resaltando que es “una meditación sobre la naturaleza cívica del hombre y un planteamiento sobre si la muerte es lo que da sentido a la vida”. Senabre también apuntó que, a pesar de la profundidad del tema de la obra, ésta no está escrita en un “registro hermético” sino que contiene una “gran capacidad” de comprensibilidad.

(Palabras recogidas por Europa Press)

Lorenzo Oliván (ABC Cultural, 11-11-2000)2017-07-11T18:55:09+00:00

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De vacío a vacío

Durante un tiempo uno de los armónicos que más se han escuchado en poesía última ha sido el de la elegía. Elegía por la infancia irrecuperable, por los amores perdidos, por las fiestas de las que sólo quedaba el confeti, por los veranos agonizando bajo las hojas secas, por la juventud batida en retroceso. Pero en numerosos poetas ese acento elegíaco ha cedido su protagonismo a otro mucho más áspero, seco, grave, como si la noción de pérdida y el desajuste entre la realidad y el deseo, abocase al escepticismo más absoluto, a la desazón hipercrítica, a cierta angustia existencia, a una vaga palpitación metafísica.

       En El tiempo de la vida, José Luis Martínez ha titulado «Refutación del ingenio» a uno de sus poemas, del que se puede extraer toda una poética esclarecedora: «No vi que me miraban/ -turbios, indiferente, fríos-/ los ojos de la sima/ de la verdad y del dolor, / los ojos de unos peces abisales / únicos, dueños del conocimiento». Son versos que reformulan el famoso aforismo de Oscar Wilde, que a la salida de la cárcel de Reading, cifró en el sufrimiento humano el sentido más hondo de la literatura. De la misma manera que tampoco es casualidad que se rinda homenaje a dos grandes maestros en el difícil arte de la desposesión: César Simón y Antonio Machado.

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       Con esas premisas resulta más fácil entender el tono descarnado del conjunto y a esa voz que nos habla de un ser vencido por todos sus cansancios, para el que la vida consiste en vastedad, en un juego no elegido y que siempre decepciona. Ahí reside su acierto y su mayor riesgo, porque en ocasiones se impone en su sencilla contundencia (como en los magistrales «La astucia» «Haciéndonos cargo de nosotros mismos» , «La pérdida del mundo interpretado» o «Una edad del corazón») y, en cambio, otras veces los poemas parecen carecer de intensidad y voltaje.

       Realidades de todo tipo, una pista de karts, un centro comercial, un cruce de trenes, una cena de nochebuena, le sirven a José Luis Martínez como metáforas y símbolos del existir. El escenario no puede ser más desolador: el de un hombre que es lobo para el hombre, en una sociedad de puras apariencias, regida por el azar, y en la que los años nos van robando lo más puro y más bello de nosotros mismos (ahí está como emblema de esa frágil belleza y pureza la lograda imagen de Audrey Hepburn).

       En El tiempo de la vida se nos habla de un tiempo que cuenta sobre todo las horas graves, aquellas que discurren, como dice un pasaje, «de vacío a vacío».

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Miguel Argaya, Norma. Anuario de poesía y pensamiento, nº 3, Valencia, 20002017-07-11T18:55:09+00:00

El tiempo de la vida

José Luis Martínez Rodríguez (Valencia, 1959) es autor de una obra poética corta pero bien trabada que se enmarca en cuatro pilares: Culture Club (1986), Pameos y meopas de Rosa Silla (1989), Abandonadas ocupaciones (1997) y El tiempo de la vida (2000).

       El libro que ahora traemos a estas páginas. Conviene recordar que la pertenencia de este poeta a la generación valenciana “de los ochenta” y su adscripción original al grupo formado por Vicente Gallego, Juan Pablo Zapater y Miguel Argaya en torno a la colección “La pluma del águila”, no le condujo, sin embargo, en su momento, a la obtención de premios de relumbrón (recordemos que Gallego es Premio Rey Juan Carlos y Premio Loewe, Argaya Premio Rey Juan Carlos y premio Loewe, Argaya premio Rey Juan Carlos y accésit de Adonais, y Zapater, Premio Loewe), ni a la aparición en “las” antologías de moda, pero sí a consolidar una tarea poética interesante, dotada de una gran originalidad formal que se ha movido a menudo en círculos secundarios y, por ello, inencontrables.

       Hablamos para quién la desconozca, de una poesía definida ya en 1986 por Pedro J. de la Peña como “escritura lúdica”, y caracterizada por “el hallazgo feliz y humorístico en todas sus variantes, incluidas las sorpresas de juegos de palabras, tipo hermanos Marx. Y su trasfondo de ternura, hecho de giros y variantes como a golpes de semáforo -verde, amarillo, rojo- que acaban siempre por dar una visión emocionada de las cosas, tornadiza en sus usos, pero recuperable en sus esencias” (“Ante cuatro jóvenes poetas” en Las Provincias, domingo 16-II-1986; pág.40). Una poesía exteriormente luminosa y atractiva, aunque demasiada adscrita al esterilizador ídolo del ingenio, de la que podrían servir como ejemplo estos versos extraídos de su primer libro: “Que los baches me tomen por coctelera/ vale. /Que el socio de un bingo se cuele,/ tiene un pase./ Y que se hundan los barcos de tela metálica,/ me parece lógico./ Pero que salgas con que por mí vas a ser madre/ cuando sólo te introduje en fantasías,/ no lo concibo…” (MARTINEZ, José Luis: Culture Club, Valencia, Universidad, 1986; pág. 29). Poesía, en todo caso, refrendada y hasta exasperada en el siguiente poemario de José Luís Martínez, Poemas y meopas de Rosa Silla, donde lamentablemente se culmina la vía de la logomaquia y del juego, por más que, como pasaba en el libro anterior -y aún diríamos en cualquier libro de cualquier poeta en cualquier tiempo-, en ningún caso el árbol del ingenio logre ocultar completamente el bosque de la emoción poética. Pero el camino, evidentemente, está agotado: non plus ultra; cosa que nos confirma el larguísimo silencio posterior del poeta (1989-1997), sólo roto en 1994 y 1995 con sendos cuadernillos brevísimos: El oficio de soñar con que me pongo a escribir (Mislata, Ayuntamiento, 1994); luego incluido en Abandonadas ocupaciones) y Luis Cernuda (Torrent, Ayuntamiento, 1995; aunque escrito según reza el subtítulo en 1988).

       Pues bien: precisamente en uno de ellos, El oficio de soñar, encontramos ya las bases formales y argumentales para la necesaria regeneración y rehumanización de la poesía de José Luis Martínez. Era evidente que el dique -mejor, el atasco- consolidado en la segunda mitad de los ochenta con Culture Club y Pameos y meopas de Rosa Silla, había de reventar en un momento u otro; y lo hace, aunque como un torrente y de forma significativamente madura, en Abandonadas ocupaciones, donde el poeta sin dejar del todo su tendencia luminosa a lo ingenioso, opta en cambio por desarrollar lo emocional. Y con un resultado nada despreciable. Como un fogonazo, Martínez parece descubrir un espacio “otro”, pero igualmente poético a este lado del poema, el lado de la vida: “la poesía es una amante/ sólo aparentemente generosa,/ que se contenta por las noches/ con tener sólo tus manos/ porque, durante el día/ la sirves con todo el cuerpo.” (MARTÍNEZ, José Luis: Abandonadas ocupaciones, Alicante, Aguaclara, 1997. Col. Anaquel, nº 45, pág. 22).

       Se trata no de otra cosa que de un camino hacia el hombre; o si se quiere, de la logomaquia a la poesía, a la verdadera poesía, que se materializa dolorosa y a la vez lúcidamente en esta última entrega, El tiempo de la vida, donde podemos encontrar esta valiente rectificación, titulada “Refutación del ingenio” y que, por su interés, transcribo íntegra: “Fui ingenioso./ Y permití que entrasen en mis libros/ demasiadas palabras de la calle,/ jugué con las palabras todo el tiempo./ Me equivoqué al pensar/ que, sin necesidad de proponérnoslo,/ se está siempre en contacto con el fondo/ de las cosas./ No vi que me miraban/ -turbios, indiferentes, fríos-/ los ojos de unos peces abisales/ únicos, dueños del conocimiento./ Ahora sé que el sólo ingenio/ acaba produciendo grima, y obras/ que parecen de nadie -lo mismo que los chistes-/ pero llevan la firma de personas/ que el tiempo volverá ridículas./ Ahora sé muy bien / que el ingenio es deseo de evasión,/ chispa efímera, fuego fatuo,/ voluntad de escapar/ de cualquier compromiso”. (Martínez, José Luis: “Refutación del ingenio”, en El tiempo de la vida. Ibidem; pág. 18.)

       El poeta asume al fin su compromiso, se ha encontrado, al fin, consigo mismo, con “el tiempo mismo de la vida” en su leve e inflexible devenir, “pues la memoria es vida,/ y es vida, vida antigua, nuestra sangre./ La antigua sangre y la memoria,/ ¿qué son sino la vida?/ La religión y el arte/ han dicho la verdad: es mentira la muerte (MARTÍNEZ, José Luis: “El tiempo de la vida”, en El tiempo de la vida. Ibidem; pág. 70). Claro, que la pregunta aflora entonces, natural, al albur de ese compromiso: ¿Qué querrán de nosotros las canciones?/ ¿Qué querrán de la vida, por qué vuelven? (MARTÍNEZ, José Luis: “Canciones”, en El tiempo de la vida. Ibidem; pág. 14). Y también la respuesta, que el poeta afronta desde la necesidad vital de transcender la nada, siquiera en el fragor estoico del instante: “Vives aún,/ vas a vivir eternamente./ Como el arco romano de tu poema,/ no concluyes, pues sigues yendo,/ en el recuerdo y en tus versos/ de vacío a vacío en la belleza,/ de la nada a la nada entre la luz” (MARTÍNEZ, José Luis: “A César Simón, in memoriam”, en El tiempo de la vida. Ibidem; pág. 66).

       Un lujo, en fin, este libro, que certifica cuanto venimos diciendo desde estas páginas de Norma: que nadie puedes escapar permanentemente de sí mismo. Si intentarlo es, al menos a ciertas edades, incluso necesario, empozarse en ello parece en cambio una quimera suicida, y hasta una somera estupidez que a nadie engaña… ni siquiera a uno mismo, por más que logre ensombrecer temporalmente el horizonte y cegar definitivamente a los incautos. Como afirma José Luis Martínez, “son malos tiempos, como casi todos,/ para el recogimiento, para obrar./ Son tiempos de apariencias,/ de parlanchines fatuos./ Tiempos de egolatría” (MARTÍNEZ, José Luis: “Tiempos de egolatría”, en El tiempo de la vida. Ibidem; pág. 26).

José Miguel Ortí (BIM del Ayuntamiento de Torrent -otoño 2000/invierno 2001-)2017-07-11T18:55:10+00:00

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El tiempo de la vida

En la pestaña de la portada del libro hay consignados unos pocos datos del autor y su obra que conviene citar aquí: José Luis Martínez nació en Valencia en 1959 y ha publicado los libros de poemas Culture Club (Universidad de Valencia, 1986), Pameos y meopas de Rosa Silla (Mestral libros, 1989) y Abandonadas ocupaciones (Editorial Aguaclara, 1997), El Tiempo de la vida (Pre-Textos, 2000) es su último poemario. Y hasta aquí la reseña.

       Por nuestra parte añadiremos que El tiempo de la vida es un libro que recoge cuarenta y seis poemas escritos entre los años 1992 y 1998, todos ellos son un reflejo bastante fiel del título bajo el cual los ha reunido José Luis Martínez: el tiempo y la vida.

       En estos poemas las palabras se ordenan serenamente, sin artificios vacíos de contenido ni filigranas más o menos ingeniosas pero que suelen estar lejos de la verdad y el dolor; el poeta reflexiona al contemplar el tiempo en su huida irreparable, y admira, advierte -con el saber que proporcionan la vida y el tiempo-, suscribe y anota aspectos del hombre, del ser, de la melancolía y la tristeza, pero ante todo del vivir -y todo aquel que medita sobre la vida tiene que hacerlo también sobre el fracaso y la muerte- y así lo entiende José Luis Martínez, pues en uno de sus poemas podemos leer estos dos versos: «…la muerte nos vence a todos/ y quien vive fracasa.

       Pero ante todo no es un poeta ensimismado: su yo, su alma, su dolor o su angustia no son temas que estén en este libro de poemas. La cualidad más sobresaliente es la distancia, la justa distancia que ha sabido poner entre él y su trabajo, lo cual permite una observación objetiva -y yo diría que hasta rigurosa- de todo lo que refleja y queda plasmado en cada uno de los versos que dan cuerpo a su poesía.

Entrevista con Ana Coronado (BIM del Ayuntamiento de Torrent -otoño 2000/invierno 2001-)2017-07-11T18:55:10+00:00

José Luis Martínez, el poeta cotidiano

 

¿Te parece que empecemos la entrevista con un breve esbozo autobiográfico?

Sí, claro. Nací en Valencia, el 16 de abril de 1959. Vivo desde siempre en Torrent, aunque he pasado algunos años en Málaga y en La Coruña. Iba para músico; sin embargo, la pasión por la poesía acabó encaminando mis pasos hacia los estudios de Filología Hispánica. He desempeñado, desde los catorce años, unos cuantos oficios, pero desde unos diez años soy profesor de lengua y de literatura.

 

¿Desde cuándo escribes poesía? ¿Cuál ha sido tu trayectoria poética?

Escribo poesía desde los 17 ó 18 años. En 1986 gané el accésit del premio de poesía que la Universidad de Valencia convocó para los estudiantes. Y en 1989 publiqué un libro de poesía amorosa, Pameos y meopas de Rosa Silla, con la editorial Mestral Libros (Gregal). Siguieron años de apartamiento del mundo literario, aunque no dejé de escribir. La concesión del premio «Tardor» y la consiguiente publicación de Abandonadas ocupaciones (Editorial Aguaclara, 1997) supuso una especie de renacimiento, cuyo mejor fruto ha sido la reciente publicación (mayo de 2000), por parte de la editorial Pre-Textos, de El tiempo de la vida, libro que recoge los poemas escritos entre 1992 y 1998.

 

¿Qué es un poeta, cómo definirías tu actividad?

Todos nos pasamos la vida pregúntadonos quiénes somos. Yo podría responderte con unas palabras de la ópera La bohème, de Giacomo Puccini: Chi son? Chi son? Son un poeta./ Che cosa faccio? Scrivo. Y que cada cual se imagine cuán compleja debe ser la actividad del poeta, o el papel que en su vida puedan desempeñar las otras actividades, las que desarrolla para poder subsistir. Para William Wordsworth, un poeta es una persona afectada por las cosas ausentes como si estuviesen presentes. Si además tenemos en cuenta la afirmación de Wallace Stevens de que es el sentimiento o la penetración lo que aviva las palabras, no al revés, se entenderá perfectamente que la actividad del poeta consista en esperar, en esperar siempre, esperar a tener algo importante que decir y encontrar el mejor, el único modo posible de decirlo.

 

¿Crees que El tiempo de la vida supone un cambio importante con respecto a tus otros libros?

El solo hecho de que lo haya publicado la prestigiosa editorial Pre-Textos (premio nacional a la mejor labor editorial) lo convierte en mi libro mejor editado, distribuido, mi libro más difundido… Por otra parte, creo sinceramente que los poemas recogidos en El tiempo de la vida componen mi libro más profundo, más ambicioso conceptualmente, más universal.

 

¿Destacarías algún poema de El tiempo de la vida?

Entre mis favoritos se encuentran «Memoria de ti», «El camino que lleva a un árbol», «Tiempo de juego», «Audrey Hepburn», «Viajar» y «Haciéndonos cargo de nosotros mismos»… Uno de los poemas que parece gustar especialmente a los lectores es el que da título al libro. En ese poema afirmo que nadie se marcha para siempre, que nada desaparece por completo, pues la vida es para siempre vida: Máquinas de escribir y catapultas,/ dinosaurios y ermitas, gladiadores y yates/ conviven en el tiempo

 

¿Escribes en verso libre?

No, ya no. Ahora sigo una tradición que viene desde el Renacimiento, y utilizo los metros que mejor sirven a la poesía meditativa, culta: heptasílabos, endecasílabos… De un poeta se debe esperar que conozca la técnica, que domine su oficio. La poesía es un arte, no un derrame cerebral, sentimental. A los dieciocho años todos somos poetas. Afortunadamente, sólo unos cuantos individuos de la especie persistirán en tan extraña práctica, en tan maravillosa y fértil costumbre.

 

¿Quiénes son tus poetas favoritos?

Mis poetas favoritos son William Butler Yeats, Rainer Maria Rilke, Luis Cernuda, Fernando Pessoa, el Thomas Stearns Eliot de los Four quartes… Ellos representan para mí las más altas cualidades literarias, la cima que uno no es ni siquiera capaz de divisar allá a lo lejos, en el horizonte. Es evidente que la nómina es más larga: Emily Dickinson, Wallace Stevens, Juan Ramón Jiménez, César Simón, Francisco Brines, Seamus Heaney, Jaime Gil de Biedma…

 

En tu opinión, ¿qué importancia tiene actualmente la poesía?

La poesía es la indisciplinada disciplina que atraviesa transversalmente todas las materias existentes o concebibles, es el camino des longs études que punza, desarticula y rearticula todos los objetos de estudio habidos y por haber. En la poesía todo puede entrar en relación, en ella está todo; no existe mejor método de conocimiento. La poesía es la expresión de la esencia de cuanto pueda derivarse de la experiencia biológica, social, cultural y estética. No en vano decimos del misterio de las galaxias, de la buena arquitectura, de los rostros adorables o de las maravillas de la química que son poesía. Seguimos necesitando la poesía, nada ha conseguido sustituirla o anularla.

 

¿Crees entonces que corren buenos tiempos para la lírica?

Creo que la poesía vive en España un momento extraordinario que va a dejar, está dejando, sin lugar a dudas, libros extraordinarios. Y es precisamente la Comunidad Valenciana uno de los focos que más está contribuyendo a este resurgir. Sin ánimo de ser exhaustivo, ahí van algunos nombres y títulos que nadie debería perderse, ahí van algunos autores a los que todos deberíamos leer con la emoción de ser sus contemporáneos: Antonio Cabrera (En la estación perpetua, premio Fundación Loewe), Vicente Gallego (Los ojos del extraño, La plata de los días, ambos publicados en Visor Libros), Carlos Marzal (La vida de frontera, Los países nocturnos; en Renacimiento y Tusquets), José Luis Parra (La pérdida del reino, Del otro lado de la cumbre, Los dones suficientes), Miguel Ángel Velasco (La vida desatada, en Pre-Textos) y Juan Pablo Zapater (La coleccionista, en Visor).

Merecen capítulo aparte, ya los he nombrado antes, dos grandes maestros, dos indiscutibles figuras: César Simón, que ya no está entre nosotros, y Francisco Brines.

 

¿Podrías dedicar alguno de los poemas de tu nuevo libro a los lectores del BIM?

«Una edad del corazón» es el poema que cierra El tiempo de la vida. Habla de la generosidad, de la temeridad con que nos entregamos en la juventud, y de lo prudentes, de lo temerosos que nos volvemos con los años.

Vicente Gallego (Clarín, nº 28, julio-agosto 2000)2017-07-11T18:55:10+00:00

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La espléndida madurez de un poeta clandestino

José Luis Martínez (Valencia, 1959), como tantos otros poetas, ha tenido la mala suerte de publicar sus tres primeros libros en editoriales de vocación tan clandestina que han acabado por resultar inexistentes, y esto porque las dos primeras han desaparecido y la última carece de una distribución mínimamente aceptable. Esta circunstancia ha privado a la gran mayoría de los lectores de este país de conocer a uno de los poetas más irreductiblemente personales y sorprendentes de los últimos años. Ausente de las antologías y ajeno por completo a los oropeles del mundillo literario, Martínez ha ido construyendo una obra cuya notable evolución interna, sin quebrar nunca su coherencia, desemboca ahora en un libro redondo, depurado, esencial, pleno: El tiempo de la vida.

       El experimentalismo bienhumorado y ocurrente de sus primeros libros, que alcanza una singular cumbre dentro de la poesía de tono coloquial de Pameos y meopas de Rosa Silla -un bello conjunto de poemas amorosos, escrito desde la plenitud, que zarandea continuamente al lector con sus hallazgos lingüísticos y con su atrevimiento sentimental desatado-, desemboca en su penúltimo libro, Abandonadas ocupaciones, en una lírica de corte existencialista que, sin renunciar a los bien aprendidos fueros de la imaginación y de la ironía, trasciende dichos recursos para entregarnos la emoción de la vida con una desnudez e intensidad que alcanza su máxima expresión en el último libro que acaba de sacar la editorial Pre-Textos y que ahora nos ocupa.

       En El tiempo de la vida de José Luis Martínez lo mejor de sí mismo como poeta. “Refutación del ingenio” se titula uno de sus poemas, que termina de la siguiente reveladora manera: “Ahora sé muy bien / que el ingenio es deseo de evasión, /chispa efímera, fuego fatuo, / voluntad de escapar / de cualquier compromiso”, y es que la poética de Martínez, sin renunciar a ese patrimonio personal que ha demostrado poseer en el ingenio, sino más bien canalizando ese ingenio hacía más altas metas, ha cambiado definitivamente: lo que antes era emoción en estado puro, burla o exabrupto, es ahora pensamiento, sereno y certero pensamiento poético, y ya se sabe que el pensamiento poético es aquel que, confundido plenamente con el sentimiento, les habla a nuestros corazones del dolor y del consuelo.

       Un poeta más de la experiencia, dirán algunos. En absoluto, porque el punto de vista desde el que Martínez acostumbra a abordar los temas eternos descoloca al lector, es como si estuviéramos viendo el paisaje conocido de nuestra propia habitación a través de la lente caprichosa y oscilante de la ebriedad lisérgica: una pista de karts se convierte en metáfora de la vida, o de pronto nos vemos asimilados a la condición de parásitos tales como las niguas o los helmintos en el poema de ese mismo título, o nos convertimos en hijos naturales de Edward D. Wood, Jr. por obra y gracia de nuestra vocación de fracaso. Martínez es especialista en desconcertarnos, usa del arte del mago y comienza por mostrarnos un baúl que terminará quedando convertido en una lágrima ante nuestros ojos atónitos. Sus razonamientos, la evolución de sus argumentaciones, tiene a menudo una raíz de corte irracional, porque sus intuiciones nacen de lo más íntimo y pertenecen a alguien que permanece continuamente alerta, listo para atrapar cualquier asociación poética que el transcurso cotidiano de la vida le ponga ante la vista, y todo esto queda subrayado por una singular capacidad para la imagen que aporta intensidad al discurso poético a través de una sorpresa que trasciende lo estético para adentrarse en el terreno de la emoción.

       José Luis Martínez es un poeta comprometido con la vida, porque sabe, como Brines, que la vida pudo ser una bella verdad, por eso rastrea esa verdad feliz entre las ruinas de nuestro mundo cotidiano, salva para nosotros diminutos cristales del eterno vidrio de la belleza, y se rebela contra la fealdad de un mundo inhóspito en el que caben la maldición del trabajo indeseado («Paradoja de la inevitable infelicidad») y las maldiciones del horror y del hambre («Una luz»), retransmitidas en diferido por la televisión. Y quede claro que no se trata de poesía social ni reivindicativa, sino sólo de poesía consciente.

       José Luis Martínez ha escrito el mejor de sus libros: poemas como «Vecino», «El camino que lleva a un árbol», «Memoria de ti», «Haciéndonos cargo de nosotros mismos» o «Una edad del corazón» no están al alcance de cualquiera, y lo ha publicado por fin en una editorial de alcance y de prestigio. Ya no tienes excusa, lector, para pasar un rato feliz leyéndolo.

Levante, POSDATA, «En plena forma», Abel Lobo, 29-1-19992017-07-11T18:55:10+00:00

En plena forma

Abel Lobo

       La poesía valenciana en castellano, la que escribe y publica en nuestra Comunidad, goza de muy buena salud, empuje y vitalidad. Ofrece un panorama de rabioso eclecticismo en el predomina la llamada poesía de la experiencia bajo cuya línea de flotación emergen otras corrientes: poesía del conflicto, del silencio, de la diferencia… Varios poetas valencianos galardonados con el prestigioso premio Loewe, su inclusión en antologías imprescindibles, libros de texto, cimentan una buena imagen de la poesía valenciana.

       Éste será el género triunfante en el siglo XXI. Lo auguran algunos críticos con visión profética y parece una previsión plausible por una poderosa razón de economía. Leer un poema cuesta mucho menos que leer una novela o un ensayo, trasmite tanta o más emoción, belleza y conocimiento que un volumen mediocre de trescientas páginas.

       Sean cuales fueren los derroteros que siga la poesía en el futuro, su mera existencia, el vigor que posee es un hecho prodigioso con perfiles de milagro. Sorprende que en esta sociedad robotizada, clónica y globalizada, en la que escribir se parece cada vez más a imprimir papel moneda, como dice Ernesto Sábato en sus memorias, haya tantos pretendientes dispuestos a danzar con la musa Polimea, la más exquisita y exigente del baile, pero también la peor retribuida. A sabiendas de esta cruda realidad, persisten en su pasión volcánica, su continua pugna con el lenguaje, hasta el límite de sus fuerzas. Y aún les queda energía para enzarzarse en rencillas y escaramuzas cuya virulencia asombra a los no iniciados en el universo de la lírica. No hay que escandalizarse. La beligerancia verbal de los poetas entronca con una larga tradición, desde Quevedo y Góngora, y mucho antes. Al fin y al cabo ellos son quienes mejor manejan esa arma de infinitos filos, la que más hondo penetra y mayor dolor inflige: la palabra.

       En último término, no luchan por el dinero, ni por la fama: luchan por la gloria. Pero dejemos de lado las batallas para que hablen sus protagonistas.

       «La poesía valenciana en castellano goza de muy buena salud y está muy bien representada en el conjunto del Estado. No hay más que echar un vistazo a las antologías o a los libros de texto», señala Jaime Siles, que acaba de obtener el premio internacional Generación del 27 por su último libro, Himnos tardíos. «El siglo XX ha sido brillante y prolífico para la poesía valenciana, desde Miguel Hernández, Juan Gil-Albert o Vicente Gaos a las generaciones más jóvenes integradas por Carlos Marzal o Vicente Gallego, entre otros. En un período intermedio tenemos a Albi, María Beneyto o Carlos Sahagún, en la generación de posguerra; Francisco Brines, Ricardo Defarges, Gradolí y César Simón, pertenecientes a los cincuenta; un novísimo como Guillermo Carnero y de su misma edad, Jenaro Talens, ambos en plenitud creativa. La cosecha poética del siglo es excelente.»

       Para José Luis Parra, el panorama actual de la poesía en castellano es variado y estimulante, dotado de ricas individualidades como Brines o Simón, cuya categoría poética nadie pone en duda. «Creo que esta efervescencia no es exclusiva de Valencia, sino un fenómeno general en España que cristaliza especialmente en algunas ciudades de Andalucía, Asturias y Castilla. En ese rico entramado nuestra ciudad tiene muy buena imagen porque varios poetas valencianos han recibido en los últimos años el prestigioso premio Loewe. Pero lo más importante, en mi opinión, es que el nivel medio de lo que se publica es muy notable y esa medida es el baremo que permite hacer un positivo juicio global. En cuanto a las tensiones y rivalidades entre tribus poéticas, son las mismas que en todo el Estado español y se polarizan en dos frentes: los partidarios de una poesía clara y los que propugnan una poesía hermética.»

       Según Miguel Mas, «el panorama actual es de un gran eclectismo pero canalizado en estas dos vertientes: la poesía como comunicación y la poesía como conocimiento. Ambas vías me parecen válidas y respetables si se recorren de forma satisfactoria. Por mi parte me considero un poeta poco ortodoxo, y aunque cercano a la poesía de la experiencia, me definiría como realista simbólico. Me interesa hablar de cosas cercanas a mí, transmitir una emoción nada intelectual, y engañar al lector para que reconstruya su propia realidad».

       Igual que Jaime Siles, Carlos Marzal valora muy positivamente la aportación valenciana a la poesía en castellano a lo largo del siglo y cuestiona el término poesía de la experiencia como algo equívoco. «La experiencia está en todo, ¿acaso se puede escribir sin haberla tenido?, es una etiqueta demasiado vaga, demasiado difusa, pues cada poeta tiene su propia voz, no intercambiable. El único denominador común es que no se trata de una poesía hermética.» ¿Y la poesía de la diferencia, liderada por Ricardo Bellveser y Pedro J. de la Peña? «Yo no le veo ninguna diferencia salvo que por regla general son malos poetas. La diferencia no es literaria, sino de temperamento, de espíritu y comportamiento. Los poetas de la diferencia tienen la desfachatez de proclamarse independientes, sin relación alguna con el poder. Sim embargo, muchos de ellos acaparan cargos y prebendas sin el menor escrúpulo; son de una voracidad insaciable. Pero lo más interesante no es hablar de estos temas, sino saber distinguir entre los buenos y los malos poetas

       Vicente Gallego comparte al ciento por ciento las opiniones de su colega y amigo Carlos Marzal. Critica duramente el cinismo y la hipocresía de los poetas de la diferencia y el auténtico significado de la poesía de la experiencia. «Es un problema mal enfocado. La auténtica poesía es la misma en todos los tiempos, la que habla del hombre para engrandecer la vida. Lo demás son poemas decorativos que se agotan en sí mismos.»

       «La poesía en España vive un momento dorado y Valencia participa con un elevado porcentaje en esa plenitud», afirma José Luis Martínez. «En nuestra ciudad se respira un clima poético bastante favorable: viene gente interesante a dar charlas, lecturas o conferencia; funciona una editorial periférica de gran prestigio, Pre-Textos; contamos con una amplia oferta de premios, revistas, pequeñas editoriales independientes, y además tenemos maestros vivos como Brines y otros, por desgracia, desaparecidos como Simón. La inclusión de varios poetas valencianos en la reciente antología de Juan Carlos Mainer dedicada al último tercio del siglo es otro síntoma positivo.»

       Juan Pablo Zapater considera que la poesía evoluciona hacia formas tradicionales, «la gente ya está harta de tanto hermetismo, al lector le gusta que le toquen la fibra sensible

Xelo Candel (Corondel -“El coleccionable”, nº 4 y 5-, 1997)2017-07-11T18:55:10+00:00

Abandonadas ocupaciones

Tras la estructuración metaliteraria de su primer poemario, Culture Club (1986), y la intertextualidad presentada en el segundo, Pameos y meopas de Rosa Silla (1989) –cuyo título arrancaba de Cortázar-, volver con estas Abandonadas ocupaciones, premio Tardor 1996, supone recrear su meditado acercamiento a ese juego de hacer versos desde una postura claramente teórica.

       José Luis Martínez (Valencia, 1959) regresa con algunas claves poéticas que ya habían ocupado sus trabajos anteriores. En «El oficio de escribir» con el que se abre el libro parte de la recuperación individual de la tradición “sin la que no existiríamos/ nosotros, sin la que no existiría nada”. No es éste un ejercicio reciente para el poeta, pues en sus libros precedentes podíamos realizar una buena inmersión en diferentes tradiciones literarias. De forma más explícita, el único poema que incluye en la tercera parte de este libro, “Las manos de algunos poetas en tus manos”, es todo un guiño al lector repleto de citas intertextuales perfectamente enlazadas, pese a la obligada fragmentación, cuyo contenido alude al aprendizaje constante de todo poeta, a esa tarea de buscar el equilibro en el tono y el rigor en el oficio. Una poética implícita formulada a partir de la polifonía discursiva. No resultará demasiado aventurado “reconocer” en ella entre otras las voces de Gimferrer, T. S. Eliot, R. Darío, Rilke, Machado o Lorca.

       Algunos versos que recuperan las estampas de viajes, los recuerdos, el amor, las horas altas de la noche, las ciudades, entre otros temas, toman cuerpo en los poemas «Villa», «Estambul», «Autorretrato deformante» o «Willian Butler Yeats» y encuentran su lugar junto a textos de corte narrativo o anecdótico como «Accidente», «Se vende», «Recital que fue una joya», «Definiciones» o «Colonias y lociones», en los que no falta cierto carácter irónico… Pero es la reflexión sobre la creación poética la que construye un espacio ilusorio en el que la poesía, esa “amante/ sólo aparentemente generosa” que ansían los que “viajan al fondo de la noche”, reaparece con un marcado tono elegíaco. La constante apelación a la ficción poética, al espacio creativo, a la temporalidad de la experiencia configuran el eje de estas Abandonadas ocupaciones que provocan no sólo un constante diálogo con “viejas sombras” sino también el velado deseo de continuar “en busca de esas pocas palabras/ que a tu lector podrían bastarle para / atribuirte lo que no recordará/ haber leído en otra parte”. Toda una toma de postura ante los ecos y las sombras que bordean esta mala costumbre de acechar los sueños.

José María Barrera (ABC literario, 13-6-1997)2017-07-11T18:55:10+00:00

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Abandonadas ocupaciones

En el volumen de Rafael Ballester, Antonio Carlos González y Pedro J. de la Peña, La poesía valenciana en castellano (1987), se catalogaba a José Luis Martínez (Valencia, 1959) como “uno de los poetas de la nueva hornada más interesantes e innovadores”. Incluido en 20 poemas de amor y un par de canciones desesperadas (1987) y en Inventario (1987), ha publicado con anterioridad Pameos y meopas de Rosa Silla (1984-85), pero editada en 1989) y Culture Club (1986). En esta obra, la disonancia de “circunflejos” (diversos “tonos” líricos) se produce por la continua ironía y el fuerte distanciamiento frente a la “realidad” poética. «Sentarse a escribir poesía debería poder ser calificado con mucho más que un cuatro: ojalá fuera estimada cita de sonrisas […] y lágrimas». En su primera entrega -con título tomado de Cortázar-, el lenguaje ofrecía las “rupturas” emocionales, a través de paralelismos, bajo las “sorpresas” de una búsqueda amorosa. Luchando por la felicidad y compartiendo los “juegos” afectivos de las palabras, el discurso trenzaba la historia de un amor, tras el desarraigo y cotidianidad. Con el actual poemario, premio Tardor 1996, su autor halla las “razones” de la escritura y muestra una perfecta “recopilación” de reflexiones sobre metaliteratura y sobre la experiencia. Las “ocupaciones” abandonadas implican un “plan de actuación” meditativo, donde la temporalidad preside la “vocación” con claros acentos elegiacos.

       Un auténtico tratado sobre “el oficio de escribir”, con la teoría y la práctica de la poesía, queda unido aquí a los “trabajos”, fórmulas originales de amor y naturaleza, ante la presión de los recuerdos (sombras). En un mundo de “accidentes”, el mecanismo de las “situaciones” impone su visión. Superando el “dolor” metafísico con el apunte irónico y el humor, el escritor enumera sus “propósitos”, intentando fijar las “ansias” de los secretos del corazón: «Rogaré, a quien se acerque a contemplarlos, /que estime mis colores, que vea en ellos/los colores de cualquier pasión». Al final del recorrido “experimental”, la despedida (renuncia) supone el consuelo de la “apariencia” de las cosas, no sin antes formular un deseo de claridad: «Que las ficciones que celoso guardas/ salgan a la luz». A pesar de que “unos renglones disímiles/ maquillan las carencias del alma”, la singularidad de este “espacio” creativo llega hasta las “definiciones” (también de otros autores): «Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya/ porque la vida es larga y el arte es un juguete».

       Cortázar, en el prólogo a Pameos y meopas (1971), planteaba esta pregunta: “¿Cómo dudar de que, cuando un poeta dice su palabra, la humanidad está tratando una vez más de inventarse, de fundarse, de ser auténticamente?”. La postura del autor del Rayuela, respecto a la publicación de sus versos, era clara: “Nada cambia en el fondo para ellos o para mí, creo que nos quedaremos siempre como del otro lado del libro, asomando a veces allí donde la poesía habita algún verso, alguna imagen”. José Luis Martínez, de igual modo, mira al “otro lado” del libro (los sentimientos) y encuentra nuevas “formas de acción renovadora”.

Arantxa Bea (Levante -Posdata-, 23-5-1997)2017-07-11T18:55:10+00:00

El vicio solitario

El arte es un artificio y lo que importa es el resultado final”, dijo el escritor Manuel Talens en la conferencia que cerró, el martes pasado, el Taller de Narrativa de la UIMP. Durante la charla habló del proceso de creación, ese tiempo largo de trabajo inmenso, vivido a solas, tras el cual aparece una obra literaria. Pero escribir no es una condena -lo más sencillo es abandonar la tarea, tal vez, incluso, antes de empezada-, el escritor disfruta con el hallazgo de un adjetivo preciso, una imagen sugerente o una frase que mantenga el ritmo encabalgado hasta el final.

       Escribir es una obsesión, una pasión, casi una necesidad; para algunos quizá la única manera de volcar, disfrazados, esos demonios que se agitan en su interior. Como decía Bernardo Atxaga, ser escritor pasa por el antiguo y sencillo precepto socrático de “conócete a ti mismo”.

       Pero, aunque sea interesante, incluso revelador a veces, conocer los modos, maneras, gustos y manías de los escritores cuyas obras nos apasionan -algunos devoramos en su momento el Retrato del artista en 1956, de Jaime Gil de Biedma-, lo más importante es, precisamente, el resultado, esa obra, porque apasiona.

       De ahí que el recién publicado libro de José Luis Martínez Abandonadas ocupaciones (Aguaclara), Premi «Tardor» de Poesia de 1996, no llegue a alcanzar ese lugar recóndito y sensible que enciende, como la música, la poesía. No hay que olvidar que, como casi todo lo importante en la vida, esto también es cuestión de gustos.

       Sus poemas, bien ritmados, insisten una y otra vez en el hecho mismo de la escritura. Es cierto que la vida -la vida o la muerte o el amor o el tiempo o el olvido- se atisba en los versos de algunos de ellos -«Thriller», «Propósito», «Accidente», «Gorrión» o «Plan de jubilación anticipada»-, pero, sobre todo, aparece esa reiterada obcecación por decir su deseo de convertirse en escritor. Toda la primera parte del libro, las catorce poesías recogidas bajo el explícito epígrafe El oficio de escribir, son creaciones y recreaciones a partir de aquello que debiera permanecer oculto: el proceso de creación. Así, José Luis Martínez llega a confesar «Y en todas sus paredes de cristal / podrías verme / reflejado escribendo/ esto, que no es un poema /sino mis ansias de un poema”; o dice a las “empresas que esperan aún ser acometidas»: «Intentad perturbarme; interrumpidme, / si ello es de vuestro agrado. / Seguiré sin prestaros atención. / Continuaré sentado».

       Parece oportuno terminar recordando los versos que cierran un poema de Gil de Biedma: «El juego de hacer versos, / que no es un juego, es algo / que acaba pareciéndose/ al vicio solitario».

Marta Nieto, El País de las Tentaciones, 2-6-19952017-07-11T18:55:10+00:00

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Marta Nieto, El País de las Tentaciones, 2-6-1995

Aparentemente es un disco compacto. Su forma así lo indica, como la referencia al desparecido grupo Radio Futura. Cabría pensar que es un homenaje a los creadores de «La estatua del jardín botánico». Y lo es, pero no precisamente musical. Se trata de un poema realizado por el joven autor José Luis Martínez, que confiesa mitificar el pop nacional. El texto es una adaptación del tema «Paseo con la negra flor», de Santiago Auserón, y puede leerse con la música de esa canción de fondo. La rima se acopla perfectamente al ritmo. Lo ha publicado Ediciones Para Ti. José Luis Martínez es un inquieto poeta valenciano de 36 años.

1993 Ponencia de Dolors Cuenca en las Jornadas sobre creación literaria y crítica en la España de los 902018-06-07T14:16:30+00:00

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Jornadas sobre la creación literaria y crítica
en la España de los 90

«MASTERS MIX DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
O LA POSTMODERNIDAD
COMO CALIDOSCOPIO DE TRADICIONES»,

Nuestra mirada va a centrarse en un poema, en un solo poema que además, reflexiona sobre sí mismo, es decir, sobre la poesía, el arte de hacer versos y las dificultades de ser un buen escritor. Y es que aunque ha estado presente desde los inicios de la escritura poética, la consciencia de la ficción literaria, del lenguaje, se ha exarcebado en ciertos poetas de la actualidad desde los años 50 (José Ángel Valente en La memoria y los signos, J. Gil de Biedma en Moralidades), pasando por los 70 (Guillermo Carnero en El sueño de Escipión o Pere Gimferrer en Miralls) e incluso en los 80 (L. García Montero en Diario cómplice, Andrés Sánchez Robayna en Tinta). Así, p. ej., Pere Gimferrer en Miralls (1) consigue aquello que niega mediante la autorreflexividad del poema:

Mai no he viscut la distància entre allò que,
volem dir i allò que diem realment,
la impossibilitat de copsar la tensión del llenguatge d´establir
un sistema d´actes i paraules
un cos de relacions entre el poema-escrit
i la seua lectura.

       ¿Dónde estaría, entonces, la oposición entre el discurso poético y la reflexión crítica? ¿Significa que la metapoesía es la muerte o la decadencia de la poesía? Dice T. S. Eliot en Función de la poesía y función de la crítica:

       “Cuando digo de la poesía moderna que es extremadamente crítica quiero significar que el poeta contemporáneo si es algo más que un mero hacedor de versos amables,se ve forzado a plantearse cuestiones tales como ¿para qué sirve la poesía?, no simplemente ¿qué es lo que voy a decir? sino más bien ¿cómo y a quién se lo voy a decir?” (2)

       De hecho, se ha convertido ya en costumbre obligatoria el incluir en las antología una ars poética del poeta antologado. Cuando al autor del poema que nos ocupa, José Luis Martínez, se la pidieron en Poesía en Valencia. Últimas propuestas (3) causaba una enorme sorpresa ese espacio en blanco, semivacío en el que sólo se leía: “Entre sus aficiones no se encuentra la de redactar poéticas”. Pero el mismo año en Inventario: Poesía en Valencia, últimas propuestas (4) añade unas consideraciones que señalan la inminencia de un poema-poética:

       “Piensa que las reflexiones sobre el oficio…, donde mejor quedan es dentro de los poemas mismos, convertidas en literatura, como muy bien nos lo demuestran ejemplos tan espléndidos y útiles como “East Coker”, “El juego de hacer versos” o “Jardín inglés”. A las poéticas, además, les suele pasar lo que a los prólogos: se escriben después, se colocan antes y luego nadie los lee ni antes ni después”.

       En cuanto a los libros anteriormente publicados, en Culture club (5) la estructuración del poemario es totalmente metapoética, ya que las partes de las que consta son: Prólogo, Manía de citas y epígrafes, Departamento de teoría de la literatura, El concepto de autor, Funciones del lenguaje, Morfología del cuento y Bibliografía. Y algunos títulos de este poemario son “Copyright”, “Nota a la presente edición”, “Efectos secundarios de las novelas”, etc. A propósito de Pameos y meopas de Rosa Silla (6), además de usar también el lenguaje coloquial, la temática de este libro es el amor feliz y cotidiano; a menudo, sin embargo, siguen los juegos intertextuales con la literatura, p. ej. el poema “Como todos los Tauro” empieza así:

                 Si Galdós levantara la cabeza,
                 si su mirada tristona te viera así
                 -tan perfecta, tan agraciada por la fortuna-,
                 se moriría por dibujarte:
                 se le daba muy bien.

       “Masters mix” pertenece al libro Urbi et urbi. Más de la mitad de los poemas que lo forman están relacionados o abordan directamente el hecho literario (la producción, la creación, la lectura, etc.). “Masters mix” es un poema-poética escrito en 1987, del cual el autor me cuenta lo que opina:

       “Arte poética ideal, puesto que recoge frases valiosísimas, de valiosísimas personalidades. Redacté una poética sin soltar yo una sola palabra.”

       De este modo cuando parecía que íbamos a concluir afirmando que el poema se mira únicamente a sí mismo y que nuestros ojos se detendrían en un solipsismo por partida doble (el nuestro y el del poema). Ocurre todo lo contrario, el ojo se detiene en un ojo calidoscópico, y en él se reflejan todos los colores, los fragmentos, los retazos hilvanados en un poema. Citemos a título de ejemplo algunos versos de “Masters mix”:

                                                  No te preocupe ser desconocido, sino hacer
                                                  algo digno de conocerse.
                                                                                           Hay el saber hacer
                                                  y el hacer saber. Cuando sabemos hacer,
                                                  no necesitamos hacer sabe; todos lo ven.
 
                                                  Queriendo ser breve,
                                                  no te hagas oscuro
                                                                                 -más no por perseguir la ligereza
                                                  aliento y nervio te falten.

       El primer verso y parte del segundo pertenece a Confucio, la otra mitad del segundo, el tercero y el cuarto a Paul Cézanne, y los restantes a un preceptista del s. XVIII, Boileau. “El juego de hacer versos” se llamaba el último poema de Moralidades de J. Gil de Biedma. Y aquí el juego está por un lado oculto y por otro descubierto, ya que el título se nos ofrece como clave interpretadora. “Masters mix” llamamos hoy a las versiones y canciones sin que nada las separe, encadenándose unas con las otras. Collage de citas que forman un discurso poético coherente, de manera que en este extenso poema sólo nos es posible localizar menos de tres versos que no sean citaciones, y éstos muy separados entre sí y con una clara funcionalidad: servir de enlace.

                 Bebe siempre en […],
                 y esperar, esperar, esperar
                 […]
                 […] por otro lado,
                 no (es) más que…

       La técnica collage, el operar con materiales ya elaborados, la relacionamos instintivamente con las vanguardias artísticas, concretamente con el dadaísmo y el cubismo. Después, según Edward Lucie-Smith, “el arte collage se convirtió en el «arte del assemblage», o sea, un medio de crear obras de arte casi enteramente a partir de elementos preexistentes, en los que la aportación del artista consistía más en establecer relaciones entre objetos diversos, juntándolos, que en crear objetos ab initio”. (7) Más adelante, comenta Lucie-Smith, durante toda la década de los 60 el collage volvió a estar en auge, p. ej. en 1961 se celebró en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una importante exposición con el título “El arte del assemblage”.

       Habermas explica cómo en la segunda Bienal de Venecia (8), en 1974, los arquitectos y le causaron una decepción, porque no se produjo la aportación de un nuevo estilo sino el triunfo de un eclecticismo de los diversos movimientos históricos.

       También para Peter Selz (9) la década de los 70 fue una década de pluralismo y especialmente en arquitectura predominó la nostalgia por la tradición y se adoptó un estilo ecléctico que se denominó post modern architecture (10). Sin embargo aquí, a diferencia de la técnica vanguardista y de cierta etapa de la poesía de los 70 (una etapa primordial de la poesía Antonio Martínez Sarrión, Leopoldo María Panero, Jenaro Talens, Pere Gimferrer…) se disimula el cortar y pegar que ha supuesto la confección del poema. Se intenta eliminar el impacto de la pluralidad dispersa que con la acumulación de las yuxtaposiciones produce parte de la poesía de E. Pound y T. S. Eliot. Y como en el relato de Frankenstein de la escritora romántica Mary Shelley se fabrica un cuerpo diferenciado con aquello que en principio no eran más que partes de otros cuerpos. Se da aparencia de unidad lo que no es sino un coro de voces:

                 El dominio no llega nunca,
                 el aprendizaje es vitalicio.
                 El escritor muere luchando:
                 existen presiones de todas clases
                 para escribir mal,
                 hablar incoherentemente y
                 pensar confusamente.
 
                 El poeta debe poner en su poesía
                 el mismo grado de aplicación que, por ejemplo,
                 el viajero en su viaje, el pintor en su pintura.
                 Debes amar las palabras, las ideas y las imágenes
                 con toda tu capacidad de amar lo que sea.

       Dos versos y medio de Anthony Burgess, los dos y medio siguientes de Eliot y los restantes de Wallace Stevens. El poema se ha apropiado de estos textos, los ha hecho suyos. De nuevo el topic “Masters-mix” convierte -como diría U. Eco en Lector in fabula– en clave o propuesta de lectura. Busco la palabra master en el diccionario Collins y leo como una de las primeras acepciones expert, musician, painter, etc., y también una de teacher. Masters, es decir, maestros, mix, mezclados, frases magistrales, consejos para un destinatario que es a la vez un posible escritor-lector y el propio sujeto poético, el yo-escritor prestigioso que configura el poema. Los núcleos temáticos que se recorren son variados: la fama, la dificultad dedominar la lengua, la necesidad de crear y de madurar artísticamente, etc., para acabar con unos versos de Machado que expresan el triunfo del escritor sobre el arte o el consuelo en el arte mismo:

                 Y si la vida es corta
                 y no llega la mar a tu galera
                 aguarda sin partir y siempre espera,
                 que el arte es largo y, además, no importa.

       Antología de frases metapoéticas, de análisis críticos dirigidos, pues, a un lector implícito también poeta, a la manera en que pudiera hacerlo por ejemplo Rilke en Cartas a un joven poeta. Libro, del cual, por cierto, se extrae una larga cita:

                 […] No hay medida en el tiempo: no sirve un año,
                 y diez años no son nada;
                 ser artista quiere decir no calcular ni contar:
                 madurar como el árbol, que no apremia a su savia,
                 y se yergue confiado en las tormentas
                 de primavera, sin miedo a que detrás
                 pudiera no venir el verano.
 
                 Pero viene sólo para los pacientes,
                 que están ahí como si
                 tuvieran por delante la eternidad,
                 de tan despreocupadamente tranquilos y abiertos.

       Si en los manifiestos de las primeras vanguardias (por ejemplo, los futuristas) la consigna era la originalidad, el abominar contra los museos y las bibliotecas, no ya el romper con la tradición sino anularla, en los 80, en cambio se experimenta con la imposibilidad de escapar de ésta. Borges comenta su poema “Alejandría 641 A. D. (11)” que hace referencia a la Biblioteca de Alejandría y a su incendario, el califa Omar. Éste, la quema pese a que imagina la Biblioteca como la memoria del mundo, porque cree que el pasado está también en la imaginación de los hombres. Para Borges el tema básico del poema sería que cada generación vuelve a escribir los libros de las generaciones anteriores. El escritor contemporáneo es consciente de lo absurdo que intentar tachar la tradición, J. Gil de Biedma menciona unas palabras de T. S. Eliot:

                 “cuán profundamente el pasado nos configura y a la vez es configurado por nosotros”. (12)

       Y sin embargo un texto nos muestra todo el innumerable abanico de tradiciones que contiene una determinada cultura. Escribe José Luis Martínez sobre su poema:

       “Hay citas de poetas (R. Darío, F. G. Lorca), pero también pintores (Picasso y Cézanne), filósofos (Confucio, Walter Benjamin), un novelista (Golding) y un gran preceptista (Boileau). Machado aparece y reaparece; los trozos de pastel, perdón, del texto, más grandes, se los comen, perdón, los ocupan Gimferrer, Wallace Stevens y Rilke.”

       No se trata, en definitiva, de todos los poetas sino de una selección, de una acotación de la tradición a unas preferencias personales que pienso tienen bastante que ver con una determinada época (la que va de los 70 a los 80). Como opinan Harold Bloom el poeta es un mal lector, un lector que elige su propia tradición, se apropia de los elementos que le interesan y la traiciona. Y en todo caso en “Masters mix” que la tradición sea recuperada o reconocida, que el poema sea un arcoíris de otras voces o sea monocromo y uniforme dependerá en última instancia de cada lector. Pero ¿qué implica para nosotros esta polifonía, estas voces armonizadas en un masters mix? ¿Dónde, en qué contexto lo situaríamos? Si T. S. Eliot, en el ensayo sobre Wordsworth y Coleridge defendía que: “Todo cambio radical en las formas poéticas es síntoma de cambios muchos más profundos en la sociedad y el individuo” (13). Nosotros situaríamos este poema en la Postmodernidad y más concretamente en un aspecto específico de esta: en cómo ha variado la concepción del texto abierto en las líneas que van desde el post-estructuralismo francés (R. Barthes, J. Kristeva, Deleuze, Foucault) a la deconstrucción (Paul de Mann, H. Bloom, Derrida, etc.). Así R. Barthes en La muerte del autor concibe el texto como espacio plural, frente a la voz única y autoritaria del autor-Dios, el texto disolviéndose en signos en el juego de significantes y significados.

       Foucault en su ensayo sobre Nietzche (14) rescata la visión de la filosofía como una filología sin término, como una interpretación de la interpretación. J. Kristeva en el prólogo a la primera traducción del ruso al francés del ensayo de Batjin La poétique de Dostoievski incide en el texto como multiplicidad:

       “[…] Dans cette plurivocité, le mot/le discours n´a passens fixe (l´unité syntaxique et semantique éclate portée par la pluralité des “voix” et des “accents” “des autres”) […] le mot/le discurs se disperse “en mille faccettes” dans una multiplicité de contextes […]” (15)

       Nos dice Cristina Peretti en Jacques Derrida, texto y deconstrucción:

       “El texto general derridiano se caracteriza por la textura y por la intertextualidad, que no es sino el sistema de todas las diferencias. El texto es tejido, entramado, red modal de significaciones que remite a y se entrecruza con otros textos de forma ininterrumpida e infinita.” (16)

       No obstante, el texto filosófico-crítico de Derrida muestra sus cruces y las exhíbe, del mismo modo que el collage de los vanguardistas o una parte de la poesía de los 70, en un esfuerzo por recuperar la vanguardia exhibía su fragmentariedad (El cuerpo fragmentario se titulaba un poemario de J. Talens). Ahora, por el contrario, el eclecticismo se vuelve coherente, como exponía Miguel García Posada (17) al referirse a la poesía de los 80: la vanguardia se vuelve tradición. ¿Ha muerto entonces toda posibilidad de ser original? Unos versos de “Masters mix” tomados del preceptista Boileau dicen:

                 […] y saber aceptar
                 el hecho de que lo que hay que vencer
                 por fuerza o sumisión
                 ya se ha descubierto una, dos, o más veces
                 por hombres que uno no puede esperar emular.

       Para responder al problema de la originalidad hoy nada mejor que recordar el análisis que hizo Antonia Cabanilles del poema “De senectute” de J. Gil de Biedma. En éste reconoce tres citas textuales: el título del poema -que se refiere a una cita de Cicerón-, la cita de Góngora que encabeza el poema, y después se incluye en el interior, y la de Baudelaire que aparece en francés y en cursivas. Lo relaciona, además, con la tradición de J. Guillén, J. Manrique, F. Villon. Y llega a la conclusión de que es la operación de montaje-escritura y de montaje-lectura la que otorga la pluralidad de significados al texto, de modo que acabará sustentando que:

       “Aunque J. Gil no hubiera escrito ni un solo verso de este poema seguiría siendo el autor del mismo, y no podría decirse que es poco original o que es un simple compilador porque existe una tradición o porque cada verso es una cita reconocible. […] La originalidad, si existe, residirá en el modo y el punto de articulación, en la construcción del mosaico, el livre de Mallarmé.” (18)

       De hecho, lo que “Masters mix” ha seleccionado (W. Benjamin, Picasso. Gimferrer, etc.) lo incluye en una determinada tradición. También es fundamental cómo lo ha seleccionado, es decir, diluyendo las fronteras las fronteras entre los distintos géneros, entre la poesía y la prosa, el ensayo y la poesía, etc.; por ejemplo, se toma una cita de un artículo (19) que P. Gimferrer publicó en El País:

                 Es difícil ser escritor
                 es terriblemente fácil
                 dejar de serlo. El fracaso deteriora,
                 el éxito mina y corroe.
 
                 Quien no sea reconocido como escritor,
                 puede acabar no siéndolo.
                 Quien es reconocido,
                 puede dejar de ser un escritor
                 para convertirse en otra cosa:
                 una personalidad literaria.

       Otro aspecto que se ha de tener en cuenta es cómo se han engarzado los materiales textuales, esto es, borrando las huellas del proceso de resquebrajamiento y de construcción, lo cual lo ubicaría más allá de la pretendida recuperación del experimentalismo vanguardista de los 70.

       Por otro lado, el discurso de la intertextualidad se vuelve interminable. Y si el “Masters mix” es un mosaico de textos y tradiciones, también el ojo crítico que mira y analiza se vuelve calidoscópico no sólo porque tienda unas redes que van desde el poema a la concepción textual de la postmodernidad, sino porque también utiliza las palabras de otros, porque también habla a través de otras voces, porque también busca su coherencia a través de lo que otros críticos, poetas, filósofos de la actualidad, han pensado y han dicho. Y finalmente, cometeré una nueva apropiación indebida al acabar recordando unas palabras que Jaume Pérez Montaner escribió en su artículo “El poeta al lector de poesia”:

       “El poema, com a expressió d´un món, compendi de veus i altres poemes, suscitador de vivències, records i emocions, está al davant entre l´emissor i el receptor. És l´expressió dels lectors, d´altres poetes que el revisen, el fan seu, o el reescriuen a l´espera d´altres lectures, altres poetes que continuen el procés […]” (20)

                                                                                                                                Dolors Cuenca

————————————————————————————-

  1. Miralls, espai, aparicions, Barcelona, Ed. 62, 1981
  2. Barcelona, Seix Barral, 1968, p. 41
  3. València, Conselleria de Cultura, 1987
  4. València, Mestral Libros, 1987
  5. (Accésit al premio Academia de los Nocturnos, 1986), València, Universidad de València, 1986
  6. València, 1986
  7. Movimientos artísticos desde 1945, Barcelona, Destino, 1991, p. 119
  8. En Modernidad y Postmodernidad, Josep Micó, ed.
  9. Id., p. 517
  10. Art in ours times New York, Harry W. Abrams Inc. ed., 1981
  11. Roberto Aliafano, Conversaciones con Borges, Madrid, ed. Debate, 1986, pp. 156-157
  12. Opus cit., prólogo, p. 6
  13. Opus cit., p. 88
  14. Nietzche, Freud, Marx, Barcelona, Anagama, 1970
  15. Paris, Seuil, 1970, p. 13
  16. Barcelona, Anthropos, p. 144
  17. En la Conferencia inagural del Congreso “Poesía Hoy” (en Granada, del 12 al 14 noviembre de 1992)
  18. La ficción autobiográfica en la poesía de J. Gil de Biedma, Castelló, Universidad de Castelló, 1989
  19. El País (Libros), 1 de mayo 1986
  20. Subversions, València, 3 i 4, 1990, p. 29

 

(Nota: este poema, «Masters Mix», se titula en la actualidad «Las manos de algunos poetas en tus manos», y forma parte de Abandonas ocupaciones, Editorial Aguaclara, Castellón, 1997, II Premio Tardor 1996.)

Jordi Turtós, Rock de Luxe, mayo 19932017-07-11T18:55:10+00:00

Jordi Turtós, Rock de Luxe, mayo 1993

Es difícil de explicar. Tiene formato de CD pero sólo suena si aplicas el discman de la voz en alto. Podríamos decir que es un poema en forma de CD. José Luis, su autor, lo explica así: «se trata de literatura, de una adaptación de la letra de Paseo con la negra flor; la literatura invadiendo formatos, soportes que no son los suyos». Un soplo de aire fresco, una sonrisa de oreja a oreja, un guiño a la sensibilidad que no puede desparecer. Aplausos y vuelta al ruedo.

José Luis Alabarta y Baviera, Diccionario de música española e hispanoamericana, 19922017-07-11T18:55:10+00:00

José Luis Alabarta y Baviera, reseña de Rap del fan de Radio Futura (en la entrada de Radio Futura).

(Diccionario de música española e hispanoamericana, Ministerio de Cultura/Sociedad General de Autores, 1992)

Colette Graf, B.I.M. de Torrent, nº 93, 19922017-07-11T18:55:10+00:00

Rap del fan del Radio Futura

No todos nos resignamos a que, así como así, Radio Futura, uno de los mejores creadores de canciones en español de todos los tiempos haya desaparecido. Es el caso del poeta José Luis Martínez, autor de un Rap del fan de Radio Futura que Ediciones Para Ti ha publicado recientemente.

       Se trata de un compact-disc conteniendo una adaptación del tema de Santiago Auserón Paseo con la negra flor, en la que el poeta nos habla de los problemas de la creación literaria a la vez que manifiesta su gran admiración por el extinto grupo. Estamos presumiblemente, ante el primer caso de literatura editada en formato compact-disc. Junto al librito se donde se encuentra la letra del rap, hallaremos una preciosa imitación de disco a base de cartonés y de giratorias transparencias que recuerda las formas de hacer de la psicodelia, y que no contiene grabación sonora alguna pero hará las delicias de los buscadores de rarezas.

(Distribuye en exclusiva: CRISOL).

Francesc Calafat (El País -Comunidad Valenciana-, Extra «Llibres al carrer», 19-5-1989, fragmento)2017-07-11T18:55:10+00:00

Una nueva confianza

Los poetas de los ochenta buscan su propia estética

 

            Hacia 1985 empieza a aparecer en Valencia un nuevo grupo poetas jóvenes de personalidad ya bastante definida (V. Gallego, J. L. Martínez, C. Marzal, J. L. V. Ferris, F. Garcín Romeu, R. A. Fernández y J. P. Zapater). Lo primero que llama la atención es la relativa facilidad con que han publicado y con que algunos de ellos han superado las barreras provinciales. Aunque no pueden ser considerados como un grupo homogéneo porque cada uno se inscribe en una tradición diferente, sí se observan unas características comunes con la poesía de la experiencia: crónica de los avatares del yo con un cierto tono narrativo, vuelta a ciertos moldes tradicionales y la utilización por algunos de ellos del estrofismo y la métrica clásicas. Aunque a algunos se les podría reprochar una cierta limitación temática, mimetismos excesivos demasiado evidentes y falta de tensión con el entorno, sería injusto hacer extensiva esta acusación a las totalidad de los miembros del grupo.

            Entre todos ellos creo que por el momento sobresalen el fuerte humor de tono narrativo con que C. Marzal reflexiona sobre sí mismo y sobre la vida. Amparo Amorós, autora de una poesía interiorizada y meditativa, pero que en su último libro, Quevediana, hace una poesía menor, aunque sabrosa e irónica, sobre prototipos actuales; Vicente Gallego, sin duda una de las voces más personales y brillantes; en su La luz, de otra manera construye, con las huellas de Brines y César Simón, una profunda poesía sobre la experiencia; y, por último, J. L. Martínez Rodríguez, uno de los más innovadores, que practica una poesía llena de sorpresas y con un interesante uso del lenguaje coloquial; su Pameos y meopas de Rosa Silla, una de las novedades que publicará Gregal, puede ser una grata sorpresa.

José Angel Cilleruelo (Contemporáneos, nº 6, 1989)2017-07-11T18:55:10+00:00

Cómo decirlo

El amor en poesía (Antología de J. L. García Martín) Júcar, Gijón, 1989.
José Luis Martínez Rodríguez, Pameos y meopas de Rosa Silla, Mestral, Valencia 1989.

Una de las pequeñas torturas que me hacía más insoportable, si cabe, el tiempo secuestrado de mis obligaciones militares era el diario reparto del correo de la compañía. El entregar ciertas cartas a sus destinatarios, tarea casi aristocrática si se compara con la limpieza de esas moles de chatarra que son los tanques, de la que yo, por ser oficinista, sólo sabía de oídas, se convertía en insufrible calvario al tener que ver en los sobres cada mañana la bisutería amorosa –corazones flechados, guirnaldas de besos…- con que algunas tortolitas trataban de compensar la distancia. Una tarde cualquiera, de esa estación indefinida en que transcurren las épocas de encierro, vi a uno de los afortunados destinatarios de aquellas cartas barrocas leyendo un libro que excitó mi curiosidad: Antología de la poesía francesa del siglo XIX. Tras más de medio año de mili, por primera vez veía leer algo que no era Marcial Lafuente Estefanía. Me acerqué al recluta (la veteranía me permitía ese trato) con sorpresa e incredulidad -recuerdo- y tras hablar un instante con él me retiré a los cuarteles de invierno de mi soledad. “Lo leo -me dijo tal que así- porque hay poesías muy bonitas que le envío a mi novia como si fueran mías, cambiándoles algunas cosas, claro”.

       La anécdota ha ido madurando en mí y el desprecio que sentí por el plagiario enamorado se ha transformado hoy en agradecimiento porque supo enseñarme que -nos guste o no- una de las funciones propias de la poesía es también echar leña a la hoguera de los sentimientos particulares.

       Años más tarde, en el puerto de Guetario, en la costa guipuzcoana, una soleada mañana de primero de mayo, vi cómo dos adolescentes leían acurrucados, en la escollera, un libro. La imagen me enterneció. Él, muy joven aunque con un cuerpo ya florecido, susurraba al oído palabras leídas en un volumen de tapas plastificadas en azul. Me acerqué un poco más: Gustavo Adolfo Bécquer, en una de sus ediciones piratas que circulan por los mercadillos. Bécquer primero y Salinas después son responsables de la educación sentimental de muchos adolescentes. Las exigencias de una experiencia que crece con los años suele alejar a los lectores maduros de ambos poetas, aunque a veces, en virtud del movimiento pendular que rige nuestras vidas, las mismas exigencias vuelven a acercarnos a ellos. Porque además de todas las razones serias y trascendentes de la lírica, la sentimental emerge siempre con una empecinada irreductibilidad.

       Consciente de esa función su función subalterna de la poesía el crítico José Luis García Martín ha preparado para Unicornio, la colección juvenil de Júcar, una antología que bajo el título El amor en poesía recoge, textos coetáneos, desde Ángel González y los poetas del 50 hasta Amalia Iglesias y los poetas de los 80. Pese a que la historia literaria ha dividido estos treinta años en grupos y promociones sin fin, el efecto que produce la lectura, provocado tal vez por la hábil mano selectora, es el de una sutil homogeneidad estética. ¿Estarán los poemas de amor por encima de escuelas y movimientos? ¿O son estos sólo una ilusión óptica del afán catalogador del presente?

       El tema amoroso no le es ajeno a la generación nueva. El poeta parece buscar en la visión íntima, e incluso en la ensoñación erótica, el bálsamo a dos decepciones heredadas: el descrédito de su función redentora en la sociedad y el desencanto ante las estéticas de vanguardia. Ahora bien, no es amor todo lo que reluce en la temática amorosa última; hay mucho de ajuste de cuentas con el sexo, de onanismo en versión rememorante y de tópicos autoprestigiadores. Como también hay, en otro caso, una áspera poética de la imposibilidad del amor y de la soledad que emparenta con el tema por su costado menos amable.

       Lo amoroso, entendido sobre todo como un diálogo con el otro, como realización antes que como anhelo, alcanzó una de sus cotas más notables, entre los poetas últimos, con la publicación en 1986 de Interiores, del sevillano Juan Lamillar, y en particular la segunda parte del libro. Recientemente el valenciano José Luis Martínez Rodríguez ha intentado, con Pameos y meopas de Rosa Silla (Mestral, 1989) una hazaña semejante aunque con las armas contrarias: el humor, el coloquialismo y el desaliño expresivo. El resultado es un libro de lectura agradable, aunque el carácter perecedero de los materiales lingüísticos utilizados posiblemente contagien el conjunto a la larga. No sería un despropósito pensar, sin embargo, que la gracia, la ternura, y las situaciones ideadas por Martínez Rodríguez son susceptibles de entusiasmar a muchos adolescentes como mi idílica pareja de Guetario. El problema es que este libro difícilmente caerá nunca en sus manos, primero por su distribución elitista y después por su precio imposible. Este hiato entre el poeta joven y su público natural es una de las contradicciones sociológicas que, hoy por hoy, más daño le hace al género.

       Por cierto, en esta misma editorial -Mestral- y este mismo año -1989- se ha publicado en –La mala compañía de Felipe Benítez Reyesuno de los poemas de amor más lúcidos e impresionantes de nuestro tiempo, «Encargo y envío»:

                     «Señora de mis pobres homenajes
                     este arte sombrío no se ajusta a la vida
                     y es difícil decir en un poema Te quiero».

Vicente Gallego (LEER nº 10, octubre-diciembre de 1987. «VALENCIA MAPA LITERARIO»: artículo de Vicente Gallego, «Tradición y continuidad», fragmento)2017-07-11T18:55:10+00:00

José Luis Martínez Rodríguez (1959) es quizá uno de los escritores más innovadores de los últimos tiempos. Ha publicado Culture Club (1986) y Deberes para las vacaciones (1987). Pero es su libro inédito Pameos y meopas de Rosa Silla, del que da una muestra en Inventario (1987), el que más acertadamente nos muestra su mundo personalísimo. Practica una poesía sencilla, pero a la vez muy trabajada, llena de sorpresas, basada en un minucioso y brillante trabajo del lenguaje coloquial, aunque de raíces clásicas. Mal intrepretado por muchos hasta ahora, puede ser una revelación cuando publique Pameos, aunque ya en sus anteriores entregas apunta lo que de él puede esperarse.

COMO TODOS LOS TAURO

Si Galdós levantara la cabeza,
-tan perfecta, tan agraciada por la fortuna-,
se moriría por dibujarte:
se le daba muy bien.

Si Galdós
viera tu carita de manzana
                                            y sus rojas ciruelas
-que distan por igual de tu nariz,
de la boca, de las orejas, de tu mentón-,
se te comería con los ojos.

Se mataría por sacarte
un retrato chulo,
valioso,
capital.

Que no sé
si nos cobraría,
que tuvo que ser don Benito
como un chotis de agarrao.

José Luis Falcó (Al Pairo, nº 1, Revista de la Unión de Escritores del País Valenciano, 1987)2017-07-11T18:55:11+00:00

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SOBRE CULTURE CLUB

Como consta en una de sus primeras páginas Culture Club recibió un accésit del premio Academia de los Nocturnos en su primera edición de 1986. Su autor, José Luis Martínez Rodríguez (Valencia, 1959) pertenece a ese nuevo grupo de poetas valencianos que comenzó a publicar sus primeros textos alrededor de 1985. Desde la aparición de Culture Club hasta la fecha, hemos podido comprobar –una vez más- el grado de ignorancia y desinformación de ciertos sectores de la así llamada (como diría Bernhard) crítica valenciana de siempre, cuyo sempiterno órgano de expresión radica en un conocido diario de la ciudad.

       No es de extrañar que un primer libro y, sobre todo, un primer libro como el de José Luis Martínez pueda provocar cierta perplejidad, si tenemos en cuenta el aburrido panorama de la poesía “postnovísima”, cuya aparente diversidad oculta o, mejor, disfraza su vacuidad real, cuando no su carencia absoluta de rigor. Y no me refiero al rigor “poético”, ya que como todos sabemos resultaría absurdo, sino a lo que podríamos denominar “compromiso textual”, consecuencia del texto consigo mismo.

       Pues bien, creo que en mi opinión resulta capital para el crítico el conocer al menos la tradición más inmediata, ampliar su horizonte de expectativas y, en consecuencia, actuar siempre con cautela ante cualquier propuesta que en principio pueda no ajustarse a sus parámetros conyugales. También en la crítica existen, por desgracia, las “familias”, como sin lugar a dudas dijo Engels.

       Al releer ahora Culture Club, es desagradecer la desenvoltura, el sentido del humor y la ausencia de todo tipo de tabús formales y/o temáticos, que nos ofrece el texto. Y también su ternura. Escrito en un lenguaje coloquial, aparentemente plagado de prosaísmos que precisamente potencian el efecto poético (y el crítico), Culture Club nos hace pensar en aquellos poetas del postismo tardío (Crespo, Carriedo, Fuertes), que arrancaron de Carlos Edmundo de Ory y revitalizaron el panorama poético español de la primera postguerra. (Resulta curioso, por otra parte, cómo se ha ignorado la deuda de Ory -Aerolitos- con Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías, en beneficio de las siempre cuestionables influencias surrealistas).

       Un poco de todo esto hay en Culture Club que, deliberadamente, pretende apartarse del lenguaje poético standarizado, huir del discurso simbolista, para ubicarse en el terreno de las correspondencias más sutiles, en ocasiones apenas insinuadas por una separación estrófica o una pausa versal. O un inesperado juego de palabras. Por otra parte, la casi constante presencia de un narrador equisciente ayuda no poco a potenciar el simulacro autobiográfico como “realidad”. Pero “Culture Club” es también un libro de libros, encierra no pocos guiños al decoroso lector y, como todos los textos que se precien, nos habla también y en definitiva de él mismo, sin ninguna necesidad la mayor parte de las veces de explicitarlo.

       Por todo ello os propondría, queridos críticos, una nueva lectura de esta primera entrega de José Luis Martínez, una “leal” revisión de su metapoética implícita, esperando la pronta publicación de Pameos y meopas de Rosa Silla, libro todavía inédito y al que particularmente tengo en más aprecio.

Miguel Ángel Muñoz, El Periódico, Extremadura.2017-07-11T18:55:11+00:00

premiocaceres

25/11/2006 | VEINTE AÑOS EN LA UNESCO GALA LITERARIA Y MUSICAL EN LA CONCATEDRAL DE SANTA MARÍA

El Cáceres de Poesía se va a Valencia

José Luis Martínez gana los 6.000 del galardón, que en el 2007 dobla su cuantía. Saponi precisa que gracias a la Unesco Cáceres es ahora “superconocida”.

 

Miguel Ángel Muñoz

José Luis Martínez Rodríguez (Valencia, 16-4-1959), licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura de enseñanza Secundaria, se alzó ayer como ganador de la XIX edición del Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad con su obra Florecimiento del daño , “una meditación sobre la naturaleza finita del hombre y las cosas”, en palabras del presidente del jurado, el catedrático Ricardo Senabre Sempere, que también la consideró como una reflexión sobre si “el final inexorable es lo que da sentido a la vida o, por el contrario, es lo que priva a la vida de sentido”.

       La obra, “admirablemente escrita” –continuó Senabre– compitió entre una treintena de trabajos presentados, logrando así los 6.000 euros con los que está dotado este premio, que el año que viene doblará su cuantía, según anunció ayer el alcalde, José María Saponi. Además, Florecimiento del daño se publicará en la colección de lujo del poemario de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, una de las características más destacadas del galardón literario. El Cáceres de Poesía “se ha consolidado”, según recordó la concejala de Cultura, Cristina Leirachá, que destacó la importancia del premio también en Hispanomérica.

       El fallo del jurado se engloba dentro de los actos del veinte aniversario de la declaración de Cáceres como ciudad Patrimonio de la Humanidad, título concedido por la Unesco en 1986. La gala de anoche, presentada por la periodista cacereña Sonia Cobo, se celebró en la concatedral de Santa María, seguida de un concierto del grupo Entrecuatre y de una cena en el Parador de Turismo. A ella acudieron alcaldes y concejales de las 13 ciudades que conforman el Grupo Español de Ciudades Patrimonio de la Humanidad y de la Roche Sur Yon, ciudad francesa con la que Cáceres se hermanó hace más de 20 años. Todos ellos acudirán hoy al descubrimiento de una placa en la fachada del ayuntamiento que recordará el nombramiento de la Unesco.

       LOS LOGROS Saponi aprovechó el acto de ayer para recordar, en declaraciones a la prensa, la importancia de la declaración patrimonial. El alcalde dijo que uno de los principales logros ha sido “que nos hemos hecho más sensibles al valor y singularidad del conjunto monumental”. El jefe del ejecutivo, que apeló a la necesidad de “transmitir esa sensibilidad” a las generaciones venideras, resaltó que el nombramiento de la Unesco ha propiciado la inclusión de Cáceres en las ferias de turismo internacionales más importantes, su difusión en publicaciones en papel o en formato digital y, en definitiva, ha logrado hacer que la ciudad sea, dijo, “superconocida”.

       El mandatario municipal consideró que se ha reactivado igualmente el sector comercial, gastronómico y hotelero –de las 500 plazas de hotel que había en 1986 ahora se rozan las 3.000–, se ha renovado la zona centro con obras de mejora tanto públicas como privadas y se han generado más recursos. Saponi, que consideró que estos logros no solo son fruto del esfuerzo del ayuntamiento sino del conjunto de la sociedad, indicó que todo esto servirá de acicate a la candidatura cultural del 2016.

LEER (nº 10, octubre-diciembre)2017-07-11T18:55:11+00:00

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LEER (nº 10, octubre-diciembre) ofrece un «VALENCIA MAPA LITERARIO»
a través del artículo de Vicente Gallego «Tradición y continuidad».

Más abajo puede visualizar y descargar el PDF relacionado.

Descargar (PDF, 1.79MB)

Juan Pablo Zapater (Cuarto Cambiante, nº 3 -p. 36-, 1987, noviembre)2017-07-11T18:55:11+00:00

Culture club

Primer libro publicado, aunque no primer libro escrito por el autor, este “Culture Club” se muestra como un estupendo ejemplo de algunas de las líneas poéticas más recientes y, sin embargo, cuenta con una peculiarísima forma de expresión que consigue atrapar al lector entre los límites de su muy particular ¿? lingüístico -al que siguiendo el estilo marcado por el poemario, podríamos llamar “Martínezland” donde todo parece cobrar un sentido distinto después de haber sido contemplado por la original mirada del poeta y traducido a su sencillo y a la vez complicado idioma. Estamos ante un texto altamente sugerente, pero ante todo atípico, cuya calidad no se basa tanto en la perfecta disposición de los elementos del poema como en el ambicioso juego que Martínez intenta llevar hasta sus últimas consecuencias en todas y cada una de sus composiciones, incluso en las aparentemente triviales: “Voy a hablar,/ y no por los codos./ Pido tan sólo/ que ni se me siga con el pie/ ni se me regalen las palmas./ Creo que usé la cabeza./ Y ahora, por fin, / doy la cara”. Ya en este conciso primer poema, titulado “La voz de su amo”, resalta el acertado recreo lingüístico que el autor propone y practica a lo largo de todo el libro, en el que realiza una curiosa exhibición de “doma del lenguaje”, mediante la cual es capaz de combinar, gracias a su ingenio, las más elementales palabras y conseguir un asombroso resultado poético. Culture Club, que fue destacado con un accésit en el premio «Academia de los Nocturnos» 1986, está concebido como algo más amplio que una simple reunión de textos ordenados alrededor de un único título genérico y conciliador. Su contenido así lo demuestra cuando en él podemos encontrarnos aportaciones tan inesperadas como la de una licencia de apertura de establecimiento a nombre del autor o la reproducción íntegra de la letra de la canción de Jesús Munárriz, «Todo está en los libros». Esas y otras sorpresas complementan el poemario: ese rincón cultural, detrás de cuyas atrevidas puertas, hallamos un más atrevido aún malabarista poético.

José Albi (Cuarto Cambiante, nº 3, 1987, noviembre. En su artículo “Inventario/poesía en Valencia” se refiere a mí en estas líneas.)2017-07-11T18:55:11+00:00

1987-cuarto-cambiante_

Inventario/Poesía en Valencia

La poesía de José Luis Martínez Rodríguez (1959) se nos antoja una especie de falucho desguazado del que surgen estrambóticas piezas y colores, olores y colores, guiños divertidos o gestos inhóspitos o todo a la vez; abluciones que por un lado o por otro conducen a un sexo lúdico o a inesperadas aproximaciones. Escribe con sorpresas que no con plumas; o con plumas de ganso feliz que no es mal asunto entrelazando graznidos y fantasías con conjunciones chulamente urdidas. En resumen una voz calidoscópicamente inesperada

María Dolores Bañón (Levante, 11-9-1987)2017-07-11T18:55:11+00:00

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ:
«TARDÉ MUCHO EN DECIR QUE ESCRIBO LIBROS DE POESÍA»

 
Dice que prefiere hablar de perros y gatos, del sexo y el flexo que de los atunes, que son, de cajón, lo más bonitos del Norte. Es un poeta delgado, pantalón a rayas, loco enamorado, pero que se deja a las sirenas en el envoltorio de las latas de conserva. Alguien se enteró de que José Luis Martínez escribía poco antes de ganar un accésit en la «Academia de los Nocturnos» de la Universidad de Valencia, hace un año, con su «Culture Club». «El ganar ese premio fue el chollo, porque a partir de ahí publiqué, y conoces a gente y te salen cosillas…»

            La inspiración le viene en el reino del bollicao, rodeado de clientes de la micebrina «junior» y de cuadernos de caligrafía. José Luis trabaja en un colegio público de Torrent como conserje. Es un poeta en la puerta.

-¿El ruido no espanta a las musas?
-Voy tomando notas a lo largo del día, cuando se me ocurre algo; en el contacto con la vida te salen ocurrencias…

-¿No te gustaría dedicarte sólo a la poesía?
-En Suecia, los ingenieros conducen. Pienso que hay una vida normal, trabajar como todo el mundo, y de ahí que surja tu creación. El escribir todo el día profesionalmente, escribir porque tienes que vivir de escribir no me gustaría demasiado, porque con algo hay que alimentar la creación.

            José Luis tiene ahora 28 años y ha estudiado Filología Hispánica. En la Universidad comenzó a contactar: «Tardé mucho en decir que escribía libros de poesía. Pero vas a la facultad y te enteras que hay gente que escribe, aunque no me destapé hasta lo de la Academia de los Nocturnos…»

            A pesar de su premio, no tiene demasiado buen concepto. Yo ni le pregunto. Plagio parte de su poema «Bestiario» como botón de muestra: «Del mundo de los libros -esa bola de tocino-, revistas y premios, del que cabría esperar algún verso decente o poema redondo o alguna flor del regular, sólo nos llega grasa: la de tanto puerco medrando y engordando, engordando y medrando y luego engordando y volviendo a medrar y a engordar…»

-Pido nombres…
-Deja, deja…

            Trabaja y se inspira en Torrent, pero reconoce que los pueblos se ahogan en temas de proyección intelectual. «Nos lo montamos en plan individual.»

            De un enamoramiento «a lo bestia» nació Pameos y meopas de Rosa Silla. Es una obra inédita surgida de casi 2.000 cartas para la susodicha. Algún trato editorial tiene por ahí, aunque de momento, nada sólido.

            Los poetas siempre quieren, aunque, como dice José Luis, «salir conmigo es llevadero, y quererme, lo que se dice quererme, no desgrava, claro está…»

-Alguna otra ventaja habrá. Vayamos a la página 29 del Culture Club. Final del poema: «Soy frágil y mirado y flojucho y frágil, frágil, muy frágil. Pero ninguna etiqueta lo advierte». ¿Te pueden romper las movidas?
-Me gusta la creación y no las movidas. Te pueden afectar, desde luego, hacerte superficial, no tengo afición a los títulos luminosos. A veces, el precio de la promoción es desaparecer a veces…

-Pero a nadie le amarga un dulce…
-Me dejo querer, pero con precauciones.

            Y en su nota «a la presente edición» agradece la maravilla de los sentimientos en letra impresa, en tipografía bendecida por editor: «Lo que no saben los amables lectores es que el salir en esta tele en blanco y negro te lo vienes a ganar con los muchísimos libros de los demás que compras».

            Inspiración que le tardó en llegar menos que un pastellillo a la puerta del colegio.

José Angel Cilleruelo (Diario de avisos de Tenerife, 21-5-1987)2017-07-11T18:55:11+00:00

Con una sonrisa

Que los jóvenes poetas se pasean en a veces desorientado trasiego entre vanguardia y tradición es algo que, en su certidumbre, deja un poso de oscuridad. La propia vanguardia es hoy tradición. Lo dijo Octavio Paz y lo repiten los reseñistas al uso. La tradición tampoco es un camino unívoco, y abarca tanto la pasión por el barroco andaluz del granadino Fernando de Villena como la tentación oriental de los “haikus” del valenciano Uberto Stabile. Pero dejemos la tradición para fijarnos en la vanguardia. La faceta innovadora que ha cuajado en los poetas recientes ha sido mayoritariamente la post-surrealista. Un automatismo sacralizante, con anhelos de belleza deslumbradora y orgía de imágenes que bien podría ejemplificar la poetisa más provinciana de la capital, Blanca Andreu. La “tradición” de esta vanguardia tiene su origen, en primera instancia, en la escuela francesa que encabezó Breton. Y en segunda instancia, en el reciclaje que de estos planteamientos literarios hizo la generación del 27. A todo ello, claro, hay que sumar [el esplendor de los románticos alemanes que, leídos en traducción, suenan] con frecuencia a poetas postistas y no por la incorrección del binomio palabra alemana-palabra española, sino por falta de claves para interpretarlo). Pero antes de esta corriente, el vanguardismo autóctono había desarrollado una variante hispánica: el humorismo. Patrimonio de muy pocos pacientes buscadores en el detritus de la historia literaria es hoy la memoria de los escritores que acompasaron renovación y humor. El máximo ejemplo lo constituyen las “greguerías” ramonianas.

       Pues bien, un joven valenciano, nacido en el 59, y que responde al nombre de José Luis Martínez Rodríguez ha retomado ese originario impulso de la modernidad en la lengua española, dentro de su primer libro: Culture Club (Universidad de Valencia, 1986). No es éste un poemario completamente conseguido, aunque sí divierte. Parodia con cierta habilidad y mucho descaro J. L. M. R. las labores del poeta y, sobre todo, los estudios de filología. Su verso satírico se posa también con desenfadado coloquialismo sobre otros temas: el amor, la vida… No resisto a la tentación de anotar aquí, con una sonrisa, dos botones de muestra:

 

NOTA A LA PRESENTE EDICION

Lo que no saben los amables lectores
es que salir en esta tele en blanco y negro
te lo vienes a ganar
con los muchísimos libros de los demás que compras.
Las puertas de la poesía, por tanto,
no están cerradas para usted.

 

COITO

Le vinieron las ganas
a eso de las seis.

 
Entramos en el cuarto
y, arrodillado en la alfombra,
estuve arremetiendo.
 
Fue chulo en verdad.

Miguel Argaya (Las Provincias -suplemento “El diván”-, p. 30, 4-4-1987)2017-07-11T18:55:11+00:00

Un libro insólito

Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando abrimos las puertas de este libro-club que José Luis Martínez nos ofrece, es que se trata de un poemario extraño e insólito, bajo una máscara de originalísima y compacta, que desarrolla una intensa y bien trazada poética de lo habitual. Poética de lo cotidiano que se manifiesta tanto en la elección del trasunto como en el lenguaje empleado: un vocabulario de uso diario a ratos soez y callejero, espléndido en ocasiones, para besos y otros lugares comunes. Parece que todo es poesía, que nada deja de serlo, como nos recuerda el autor en ese bello poema de Blas de Otero que encabeza el libro. El poema nos embarca, nos está embarcando continuamente en una mágica aventura: la de buscar el verso en lo vivido. El poema “Méquina Dalicada”, título que el autor recoge de un libro de Francisco Pino en Hiperión, reproduce un artículo real de crítica cinematográfica y ciertamente lo hace de manera que encontramos en él un valor poético, en ritmo e intensidad, de primer orden: “Era un Hollywood divertido, / alochólico, apasionado y manirroto / pero también era un patio de butacas / que había que llenar día a día, / algo que exigía una profesionalidad absoluta / y un perfecto conocimiento del público”. Y digo que el autor “reproduce” un artículo, no lo inventa; se apropia de él, y para demostrárnoslo nos incluye el original en el apartado “Bibliografía” como notario eficaz de su existencia. Se trata de reproducir el calor poético de la realidad, cuanto de poesía hay en la vida, y esa búsqueda lleva al poeta a incluir hasta los errores de imprenta: alochólico (tal como aparece en el texto original) por alcohólico, con el indudable valor en cuanto al juego poético de las trasmutaciones se refiere.

       Podemos hablar, en palabras de Luis Alberto de Cuenca al referirse al propio José Luis Martínez, de una gozosa apropiación del texto, apropiación que se manifiesta aún de forma mucho más radical en ese “Érase una vez un lobito bueno”, de Goytisolo, o en ese curioso poema “Copyright”, a partir de un texto preexistente de carácter legal.

       Y todo ello en una estructura compacta, homogénea y cerrada que concibe el libro como un local literario (la inclusión de una licencia de apertura de establecimientos es una aportación genial, además de necesaria). Desde el “vestíbulo” inicial, con su copyright, sus reconocimientos, su nota a la presente edición, hasta ese “Exit”, final feliz del libro, se sucede un mundo de asombrosa coherencia estructural: “Manía de citas y epígrafes”, nombre que toma de un conocido artículo de Larra; “Departamento de Teoría de la Literatura”; “El concepto del autor”; “Morfología del cuento”, título adaptado del estudio estructural de Vicent Propp; “Funciones del lenguaje” -la distintiva (Ying y Yang), la de enlace, con toda una simbología fallera que el autor incardina en el verso oriental-. Estamos, pues, ante un libro de radicalismo novedoso. Hacía tiempo que una obra poética no se nos presentaba sobre un esqueleto tan coherente y homogéneo, tan rico en consistencia estructural, en definitiva: tan compacto. Estamos ante una obra de tejido trabajado, que de ninguna manera debe frivolizarse. Corremos el peligro de quedarnos con el atractivo y sutil sentido irónico que rezuma la obra de José Luis Martínez, sin profundizar con capacidad y tiempo en la rígida cimentación de su poesía, en el análisis estructural que de la labor poética se ejerce desde una óptica muy personal. Tenemos en Culture Club una estructura irreprochable y un esquema sin fisuras.

       Pero también hemos hablado de la ironía: una ironía a veces, dulce, brutal en ocasiones que José Luis Martínez establece como enfrentamiento verbal entre el espectador y el autor; un delicioso juego de palabras que, como guiños constantes al lector, se esconde en cada verso.

       Se trata por tanto de volver a la intimidad, de recuperar esa relación autor-lector casi carnal de la que ya comenzaba a desprenderse la poesía contemporánea. El poeta está colocando al lector constantemente en el brete de descubrir datos sutilmente aparcados sin los que le será difícil alcanzar ese “final feliz” que nos augura el último poema. Es el peligroso juego de las cruces en los mapas y el enigma a la entrada del laberinto:

              “Do you really want to hurt me
              sir Joyce
              Mrs. Woolf
              Her Franz?”

Rafael Ballester Añón (Las Provincias, 28-2-1987 -el día 7-3-1987 apareció el último párrafo de la reseña, en su día no salió por error)2017-07-11T18:55:11+00:00

El club cultural del poeta Martínez

Un jurado compuesto por José Luis Falcó, Alfons Cervera, Antoni Tordera y Vicent Salvador, el día 24 de abril de 1986 otorgó el I premio de la «Academia de los Nocturnos» a un ágil y brillante libro titulado Santuario de Vicente Gallego, del que convendrá hablar en otra ocasión. Y el accésit de ese premio mismo lo obtuvo Culture Club, de José Luis Martínez Rodríguez.

       De Martínez Rodríguez sólo sabemos que nació en Valencia en 1959; que actualmente estudia Filología Hispánica en la Universidad de Valencia; que tiene en Torrent un curioso empleo; que tiene una novia que se llama Rosa Silla; y que ha escrito dos libros: Pameos y meopas de Rosa Silla y el mencionado Culture Club. Pameos y meopas de Rosa Silla es un libro que aún permanece inédito.

       En cuanto a Culture Club… En Culture Club no hay prácticamente ningún poema que se pueda calificar de “hermoso”; hay en él, en ocasiones, descaradas influencias de algunos poetas recientes; hay en él, en ocasiones, excesivas condescendencias, o una abusiva familiaridad con el lector -ese oscuro instituto-; hay algún poema falsamente intenso, como el de la página 50, el que hace alusión a una pieza de Janis Joplin llamada «Pearl»; hay un poema-cita final de Jesús Munárriz, que era perfectamente prescindible; hay una dosis peligrosa de lenguaje coloquial, no siempre utilizado de un modo óptimo (el lenguaje coloquial bajo usos creativos, es una bomba de reloj sin manecillas); hay una vituperable propensión a remedar la poesía china, vicio que está trayendo las peores consecuencias entre los poetas jóvenes; hay algunas torpezas rítmicas; se advierte de inmediato que se trata de un primero o -concedámoslo- un segundo libro de poeta joven; en, por lo menos, un par de ocasiones los finales de los poemas están claramente marrados; en la composición «Bestiario» se pierde buena parte de su atinada indignación ética por una inapropiado tono demagógico; varios poemas, al ser excesivamente enigmáticos, frustran la posibilidad de un intenso efecto emocional; y, en fin, más de una vez en este texto la broma poética no logra ascender a la categoría de humor profundo, que es de lo que se trata…

       Pues bien; a pesar de todo esto, Culture Club es uno de los libros más oportunos, innovadores y seriamente poéticos que en estos últimos meses se han publicado entre nosotros.

Vicente Gallego («Tres años de poesía en Valencia», Papers, marzo de 1987, fragmento)2017-07-11T18:55:11+00:00

Su humanización de la poesía, la anécdota, incluso el poema narrativo, pasan a primer plano y la experiencia es la base que sostiene la labor creadora. Existe una clara conciencia del libro como totalidad, como estructura e historia unitaria y aún argumental en todos los autores. Aparece el registro irónico (Martínez, Garcín Romeu, Rosa Fernández, Marzal) y la preocupación erótica amorosa (Zapater, Argaya, Ferris). Parece que casi todos interpretan la poesía como método de conocimiento y a la vez como intensidad añadida a la existencia, ejemplos claros serían Amparo Amorós (con una poesía lúcida pero también emotiva), Xúlio Ricardo Trigo o Prieto de Paula. Destacar, por último, la ausencia total de poesía culturalista, que no culta, y la aceptación de lo clásico, de la tradición, como fuente incesante de la modernidad.

COMO TODOS LOS TAURO

Si Galdós levantara la cabeza,
-tan perfecta, tan agraciada por la fortuna-,
se moriría por dibujarte:
se le daba muy bien.

Si Galdós
viera tu carita de manzana
                                            y sus rojas ciruelas
-que distan por igual de tu nariz,
de la boca, de las orejas, de tu mentón-,
se te comería con los ojos.

Se mataría por sacarte
un retrato chulo,
valioso,
capital.

Que no sé
si nos cobraría,
que tuvo que ser don Benito
como un chotis de agarrao.

Pedro J. de la Peña (Las Provincias -el dominical-, 16-2-1986)2017-07-11T18:55:11+00:00

1986cuatro_pedro

Ante cuatro jóvenes poetas

Por fin algo distinto parece estar produciéndose en la poesía española. Y, naturalmente, en las primeras filas de vanguardia, también en la valenciana. Con lo que, primero a través de César Simón en el número 454 de la revista «Ínsula», luego por medio de Ricardo Bellveser en este mismo dominical de la «LAS PROVINCIAS» y finalmente por mí en el número 413-414 de la revista «El Ciervo», empieza a vislumbrarse con claridad un paisaje que la bruma de los últimos años no nos dejaba ver, tan baja y densa era.

       A este cambio se le pueden dar diversos nombres, según en qué pila lo bauticen. Así, lo hemos llamarse indistintamente «sensibilidad», «poesía transcontemporánea», «potsmodernismo» o «nueva sensibilidad». Pero lo que es seguro es que nos remite a unas maneras de comunicación estética perfectamente alejadas del fenómeno cultural de los «novísimos».

       Viene a cuento este preámbulo de la muy reciente y aparición entre nosotros de cuatro jóvenes poetas: Juan Pablo Zapater, Miguel Argaya, José Luis Martínez y Vicente Gallego. Con ellos se abre a la esperanza un grupo de latidos que se conciertan entre sí, como si se tratase de corazones sincronizados por un hábil relojero que quería dar muestras de cómo hacer unitario, y casi indivisible, lo diferenciado.

       Porque estos jóvenes poetas son muy distintos entre sí. Pero tienen en común, ciertamente, su necesidad -conseguida- de escaparse de los planteamientos diseñados por editoriales y vendedores de cultura enlatada. Tienen, para decirlo en una sola expresión, sangre nueva en la vena. Y eso les distingue, inequívocamente, de la formación literaria que ha venido rigiéndonos durante los últimos quince años.

       Sus libros en preparación, Juan Pablo Zapater La coleccionista de Juan Pablo Zapater, los Elementos para un análisis específico de los poblamientos indígenas de Miguel Argaya, Pameos y meopas de Rosa Silla de José Luis Martínez o Santuario de Vicente Gallego, se leen con facilidad, interés y delectación. ¡Por fin una poesía en la que no aparecen efebos bellísimos tostados al sol con los cabellos ensortijados por el viento ni cuadros de sacristía de pintores italianos de tercera fila encontrados en alguna ignota ermita próxima a Santa María de Arezzo!

       Porque el principal problema de estos tiempos para la lírica ha sido la propuesta uniformadora, la tendencia a la globalización estética que ignoraba o asimilaba contra natura a las individualidades más sorprendentes y difícilmente asimilables al grupo inicial de «los novísimos». Y buena prueba de esa voluntad de hacer la poesía un bien patrimonial -una especie de «poesía anti-social»- es la preparación de grupos continuadores, subsidiarios y aparentemente epigonales que nacerán -según proyectos editoriales en ciernes- con el nombre de «post-novísimos».

       Ante esto las propuestas estéticas que ahora nos llegan de los más jóvenes creadores son, por el contrario, ajenas al diseño editorial. Remite, de una manera manifiesta, el tema de la homosexualidad (tan manido y maltratado por el pseudo-romanticismo liberador de muchos libros precedentes), se hace caso omiso del apunte culturalista con grado de exhibición erudita, se prescinde de los lujos ambientales y las Venecias decadentes. Se habla, por antítesis, de amor, de cotidianidad, de problemas de comunicación, de desengaños acerca de ese brutal entorno conocido como «la realidad».

       Esta generalización no anula, sin embargo, los timbres muy matizados de cada una de las voces. La de Juan Pablo Zapater, de una exquisita pulcritud formal, con una corrección que bordea el manierismo, pero que deja pasar entre sus lindes el aire de una sensibilidad súbita, embridada por el método. O, en sus mismos antípodas, la escritura lúdica de José Luis Martínez. El hallazgo feliz y humorístico en todas sus variantes, incluidas las sorpresas de juegos de palabras, tipo hermanos Marx. Y su trasfondo de ternura, hecho de giros y variantes como a golpes de semáforo -verde, amarillo, rojo- que acaban siempre por dar una visión emocionada de las cosas, tornadiza en su usos, pero recuperable en sus esencias. Y, casi pidiendo orden, reclamando la seriedad del asunto, una indagación culterana como la de Miguel Argaya, que tiende hacia el libro temático, hacia el desarrollo sucesivo de los poemas como grandes construcciones mosaicales que se apoyan una en otras y se explican desde una mirada panorámica, logrando depuraciones del encadenamiento, eslabones de preciosismo, de una sutil intensidad. Y, finalmente, el mundo de Vicente Gallego que se apoya en la mirada desvalidad, estupefacta, que caracteriza a los verdades poetas. Que ensambla con habilidad sorprendente para su juventud -apenas tiene 22 años- el intimismo de lo cotidiano con la riqueza del lenguaje escogido, de la imagen insólita, de la construcción proliferante. Mundo que, reconocido, se nos transforma en extraño, como una casa antigua donde los muebles hubieran sido colocados en el techo, con el mismo orden pero en inversa relación a la realidad en que los conocíamos.

       Estas prometedoras obras, que merecen un nombre superior al de esperanzas, y sus autores nos ofertan la confianza plena de avanzar, de no habernos anquilosado como ápendices de ninguna programación externa. De ser un cuerpo vivo que desdeña los controles remotos por los que parece -o parecía- regirse el panorama poético penúltimo.

       Ahora a los comentaristas y críticos nos va a tocar un trabajo adicional: el de buscar palabras definitorias, adjetivos útiles, instrumentos del lenguaje para abordar la dimensión de una poesía que, así lo creemos, rompe las canalizaciones más soterradas de los tiempos pasados. Pero con una compensación impagable: ya no nos aburriremos al leer los nuevos libros de jóvenes poetas que, definitivamente, han dejado de parecerse a los de antes.

José Angel Cilleruelo (El ciervo, nº 46, noviembre 2000)2018-05-22T14:37:04+00:00

EL TIEMPO DE LA VIDA

    En la historia menuda de la poesía contemporánea sorprende la evolución de Martínez (1959), que empezó escribiendo en la antipoesía, la ironía y la vanguardia y poco a poco ha ido alejándose de ahí, e incluso recriminándoselo. El poema «Refutación del ingenio» es un tremendo ejemplo. En su lugar, el poeta que escribe El tiempo de la vida se sitúa en las antípodas: un empecinado moralista en la más rancia tradición: “que la muerte nos vence a todos/ y quien vive fracasa”. Moralinas que se imponen a temas, sentimientos y cualquier asomo de lirismo.

MUCHAS GRACIAS,
AMIGOS DE AÑOS,
POR VUESTRA COMPAÑÍA,
POR VUESTRA GENEROSIDAD:
POR ESTOS POEMAS
CUYA DEDICATORIA QUISIERA MERECER.

José Luis Martínez

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